Fontilles 1

FONTILLES.

El nombre oculto tras el manantial

 

Francisco Martinez Dalmases

“Deberá  ser de buen clima, resguardado del viento Norte, a cierta altura sobre el nivel del mar, separado de la costa, a distancia de los arrozales, que no tenga mosquitos, aislado, alegre, con vista hermosa, agua buena y abundante, terreno de huerta, secano, y monte a ser posible poblado de pinos, que no sea húmedo y terreno filtrable”.

            Así describía el Dr. González Castellano el lugar que buscaban… y lo encontraron. El origen de esa búsqueda hay que remontarlo a Diciembre de 1901 en Tormos, un pueblo de la Marina Alta alicantina. El Padre Ferris, que se aloja en casa de Joaquín Ballester, escucha los lamentos que proceden de una casa vecina. Su anfitrión le explica que al lado vive un leproso que al desarrollar la enfermedad se ha convertido en un ser aislado, carente de apoyo. Conscientes de la cantidad de enfermos que malviven en la zona, ocultándose de los miedos de una sociedad que les rechaza, los dos hombres: el jesuita emprendedor y el lúcido abogado se comprometen en la tarea de encontrar alivio a la marginación y miedo en la que viven los leprosos.

            Asistimos al inicio del centro más importante para el tratamiento de la lepra en España. Se dejan atrás las gaferías o lazaretos, recintos medievales de reclusión, y se concibe por vez primera un sanatorio, una comunidad donde el enfermo lleve una vida digna y se le puede recuperar para sí mismo y para la sociedad.

            Se encontró el lugar privilegiado: Fontilles (referencia a los manantiales que allí afloran), un recóndito valle, fértil y fragoso, al pie del peñón de Laguart, con todas las características enumeradas por el Dr. Castellano. La generosidad de muchos posibilitó la donación de los terrenos, los miedo de otros levantaron un muro de piedra de varios kilómetros que aún rodea gran parte del valle; el temor atávico a los leprosos obligó a ese compromiso. Se constituyó un Patronato, con presencia de autoridades laicas, benefactores y la Compañía de Jesús, que a partir de ahí regiría los destinos del Sanatorio de Fontilles. El 17 de Enero de 1909 se inauguró el sanatorio.

 La lepra es una palabra de resonancias bíblicas. El Levítico da instrucciones para que los sacerdotes examinen a los enfermos y dictaminen su pureza ritual o su exclusión:

“El que ha sido declarado enfermo de lepra andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: ‘¡Impuro, impuro!’. Mientras le dure la afección seguirá impuro. Vivirá apartado y tendrá su morada fuera del campamento.” Levítico 13.45

Con este trasfondo, y dadas las manifestaciones físicas en rostro y extremidades, la enfermedad desbordó la imaginación popular y adquirió una imagen irracional. Jamás se vio al leproso como enfermo sino como receptor de un estigma incurable. Afloraron las impresiones colectivas: una maldición, miedo al contagio, castigo divino. El nombre aún hoy produce intranquilidad, el poder de las palabras para aflorar emociones adheridas a ellas en el curso del tiempo a veces muestra su lado más oscuro.

 El contagio de la lepra es uno de esos mitos equivocados que tanto cuesta desarraigar; la enfermedad es de difícil transmisión, se necesita una larga exposición a un ambiente con enfermos, en situaciones precarias de alimentación e higiene, para que el vacilo de Hansen (nombre del doctor noruego que aisló el vacilo en el siglo XIX) se torne activo. En los años cuarenta, con la introducción de la sulfona, se inicia el tratamiento moderno contra la enfermedad, la posterior utilización de la multiterapia: Dapsona (sulfona)-Rifampicina-Clofazimina garantiza la curación del enfermo, tanto en su manifestación benigna: Lepra Tubercoloide, como en la variedad más grave: Lepra Lepromatosa, donde hay que prolongar el tratamiento para evitar recaidas. El tratamiento se puede realizar en el curso de la vida cotidiana, sin secuela física alguna si el diagnóstico se realiza en las primeras fases de la enfermedad, cuando es tan sólo una mancha cutánea y no ha afectado aún al sistema nervioso periférico. Todos los residentes en Fontilles están curados, ¿por qué están allí aún? ¿Por qué existe Fontilles?

            Josele nació en Guadix, tiene setenta y siete años y lleva dieciséis en Fontilles.

            -Había mucha pobreza y no sabíamos –hay un eco de nostalgia en la voz de este hombre lúcido y activo, que dispuso de escasas oportunidades. Trabajador agrícola, tras la muerte de su esposa Josele inició la convivencia con una mujer sin saber que ella estaba aquejada de la enfermedad.

-Tenía manchas y dolores, pero no sabía qué eran. Un día me quemé la mano en la lumbre y al tirarme de ella se me fueron los huesecillos.

La pérdida de sensibilidad en las extremidades es uno de los síntomas de un estado avanzado de la enfermedad. En el Hospital de Granada curaron a Josele de sus quemaduras y le remitieron a Fontilles.

            -Mis hijos me quieren mucho, pero ellos tienen mucha familia y no pueden con todo .–La convivencia cotidiana tiene sus problemas, algo tan simple como lavar la ropa de alguien que un día tuvo la enfermedad puede convertirse en barrera infranqueable. Josele intenta arrancar todos los meses un pedazo de su mísera pensión para enviarla a sus hijos. Desde Fontilles aún cuida de los suyos.

En los años 50 Fontilles llegó a contar con cuatrocientos pacientes, que hoy se han reducido a unos setenta. La progresiva marcha o desaparición de sus compañeros ha creado un vacío en los residentes, que se sentían protegidos dentro de un comunidad numerosa. En la época de apogeo el sanatorio contaba con herrería, carpintería y cultivo intensivo de las huertas. Aún funciona el taller de encuadernación, donde uno de los residentes realiza trabajos para el Patronato y diversos organismos locales.

Encarna llegó al sanatorio en el año 51, con diecisiete años de edad; salió curada, se casó, tuvo un hijo y finalmente ha vuelto. Se mueve con la ayuda de una silla de ruedas y parece sentir que el mundo que conoció está desapareciendo.

            -En la generación anterior había más solidaridad. Había mucha escasez de alimentos, de material, pero éramos más amigos. Ahora todo cambia muy deprisa.

En España la enfermedad está erradicada, en el último año se diagnosticaron quince casos, algunos de ellos de emigrantes. La India y Brasil son los dos focos más importantes de la lepra y acumulan gran parte de los 730.000 nuevos casos que se diagnosticaron el año pasado en todo el mundo, también presentan focos importantes  Paraguay, Venezuela y Costa de Marfil.

            Jesús adquirió la enfermedad en Brasil, donde vivió como emigrante gran parte de su vida, se la diagnosticaron al volver a España y carece de secuelas físicas. Soltero y nacido donde la tierra aragonesa se torna brava y surge el Maestrazgo, prefiere vivir en Fontilles a volver con sus familiares. En la ciudad donde residía no le ha contado a nadie su enfermedad, sus palabras son directas y carece de resabios amargos, pero conoce las limitaciones de sus coetáneos:

            -La gente es supersticiosa, el nombre asusta.

José Ramón Gómez Echevarría es el director médico de Fontilles; curtido en labores de cooperante, ha trabajado durante largos años en Brasil y otros países sudamericanos, en este momento conjuga su labor en Fontilles con residencias en Brasil y Guinea Ecuatorial como responsable de programas de cooperación para la erradicación de la lepra. Llano y directo, este médico alavés explica que ve muy difícil que se desarrolle una vacuna preventiva, existe escaso interés por parte de los laboratorios en investigar una enfermedad que se da principalmente en el Tercer Mundo, donde la rentabilidad económica de los fármacos es escasa. Su descripción del diagnóstico de la lepra es sorprendentemente sencilla:

            -Se realizan tres pruebas. La primera es detectar si hay manchas donde se ha perdido la sensibilidad y no se suda. La segunda es comprobar si el nervio está anormalmente grueso. La tercera es un cultivo de materiales orgánicos de cualquier bulto en la piel. Cuando se detecta la enfermedad el primer paso es tratar y controlar al enfermo, el segundo es controlar o todos los que viven con él.

            Fontilles, sin embargo, no está anclado en el pasado y en las consecuencias de la incomprensión. El Sanatorio tiene otras dimensiones, allí se forman equipos médicos y asistenciales que se desplazan a países del Tercer Mundo. Como miembro de la ILEP (Federación Internación de lucha contra la Lepra) Fontilles tiene asignados algunos proyectos  en la India y Sudamérica, otros son de desarrollo propio. José Ramón explica que la formación de una buena red local de diagnóstico y asistencia es la clave de la lucha contra la lepra, aunque la erradicación es otro tema, y no necesariamente puede abordarse desde el campo de la medicina.

            -Mientras no se remedie la pobreza de los países del Tercer Mundo seguirá existiendo el caldo de cultivo para la enfermedad. El condicionante social es fortísimo.

Tener la morada fuera del campamento.

Este mandato bíblico ha persistido hasta nuestros días. Hoy los enfermos de lepra ya no avisan con una campanilla de su presencia en los caminos como hacían antaño para que las gentes pudieran evitarlos. Fontilles es un hermoso valle: árboles, umbrías, senderos curvados y pequeños huertos. Sus moradores, en ocasiones con los miembros vencidos por la enfermedad, son gente hermosa, de movimientos lentos. El mundo pasó de largo para muchos de ellos, carentes de familia o aislados de los suyos por el peso de un nombre bíblico. Dejaron de ser enfermos para convertirse en una pequeña sociedad donde encuentran refugio y apoyo. Allí conviven Tito, el “niño” de 7 años lleno de abrazos cariñosos, “Paquillo”, Nicolás, Magdalena, Juanito, Adelina… y muchos más, y los voluntarios que año tras año llegan a Fontilles atraídos por la fascinación del lugar y su historia.

 Hoy es una luminosa mañana de Febrero, la primavera viene adelantada y todo florece  alrededor. Desde la terraza del edificio de administración se contempla la apertura que de modo espectacular se abre en un ángulo de la sierra y permite que la mirada se extienda por las huertas y alquerías de la Marina Alta, hasta vislumbrar el Mediterráneo al fondo. Le comento al Padre Beneyto lo oportuno de esta ventana al Levante. Sonríe el jesuita y retira su índice de los labios, como quien está dispuesto a compartir un secreto:

            -Sabes, me imaginé una leyenda de cómo se originó. Cuando llegaron los leprosos a Fontilles el valle estaba cerrado por la sierra. Esa noche ellos rezaron, pidiendo que el valle se abriese a la luz. Se escucharon sus oraciones y en la oscuridad  dos ángeles gigantescos, con espadas, hicieron un inmenso tajo en la roca, para que pudiese entrar la luz en Fontilles.

            Contemplo la apertura de la sierra, el muro del temor y los hermosos campos de naranjos que se extienden hasta el mar. Decido que en esta lucha entre los mitos creadores y los miedos irracionales me decanto por las espadas que abrieron un tajo para que entrase la luz en Fontilles.

Sanatorio de San Francisco de Borja

Fontilles. 03791 Vall de Laguart. Alicante.

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