Sobre la diáspora y la ocultación moriscas dentro de su patria. Hechos y recuerdos por vía verbal.

Rodolfo Gil Benumeya Grimau

                   

  “Ahora es mi intención, Sancho, sacar el tesoro que dejé enterrado, que por estar  fuera del pueblo, lo podré hacer sin peligro, y escribir o pasar desde Valencia a mi hija y a mi mujer, que sé que están en Argel y dar traza como traerlas”.Esto dice el morisco Ricote a Sancho Panza, su amigo y vecino de aldea, en la 2ª Parte del Quijote de Cervantes. Ya pasó la expulsión y ahora es el regreso subrepticio de algunos moriscos a su patria; tal vez no a los mismos lugares de procedencia, pero sí a España[i][i]

Ricote hace el viaje disfrazado de alemán, entre otros peregrinos tedescos -o franchotes, como dice Sancho- y cuenta que de África, a donde fue a parar con la expulsión, pasó a Francia, de ahí a Italia, luego a Alemania y de aquí a España . Ricote argumenta:  y son muchos, que saben la lengua como yo, se vuelven a ella, y dejan allá sus mujeres y sus hijos desamparados, tal es el amor que la tienen; y agora conozco y experimento lo que suele decirse: que es dulce el amor de la patria

Tanto los que regresan, sea cual sea su número, su disfraz y su procedencia, como los que de una forma u otra, probablemente contando con alguna complicidad de sus convecinos y de sus protectores, permanecen, lo hacen a partir del siglo XVII en una casi absoluta ocultación, en ocasiones como miembros de la propia Iglesia. Una clandestinidad no tan completa, sin embargo, que no queden de su existencia, presencia y manifestaciones, huellas aunque sean en forma de recuerdo oral, de tradiciones familiares y de señas o guiños, hábitos y posturas.

Es por eso que todo lo que voy a relacionar a continuación son referencias en su mayor parte orales, contrastadas muchas de ellas por la personalidad y los nombres de quienes me las hicieron llegar o participaron en ellas, vistas en primera persona algunas, de usanza conocida entre las líneas familiares de carácter morisco otras.

Galdós, en Aita Tettauen, en plena mitad del siglo XIX, nos pinta la semejanza y el parentesco del ‘moro’ y del hispano en medio de la guerra que los enfrenta[ii][ii]. Los protagonistas son parientes muy próximos entre sí, uno musulmán convertido y el otro católico, pero es el católico el que argumenta: “(…) Yo he visto el parentesco muy cerca de mí. Mi segunda mujer, alpujarreña, me tenía siempre la casa llena de sahumerios, y sabía poner el alcuzcuz. Contábame que su madre se pintaba de amarillo las uñas, y que su padre se sentaba siempre en el suelo con las piernas cruzadas. Era mi señora suegra mujer humilde, y, según me contaron, no se incomodaba porque su marido, mi señor suegro, se regalase con otras dos mujeres de añadidura.”

A este respecto, el de Las Alpujarras, quiero referir que yo hice mi primer viaje a esta región en la década de mil novecientos sesenta, invitado a pasar unos días de verano cerca de Fiñana, en un cortijo o finca llamado o conocido localmente por La Venta Ratonera. Mi huésped era Ángel Pastor, compañero de la Universidad Complutense, junto con su madre y sus hermanas; personas de exquisita educación tradicional, bastante católica al parecer, que rezaban todas las tardes en una capilla adjunta que tenía el edificio.

La villa de Fiñana, situada en la zona oriental, se sublevó en el alzamiento morisco granadino del rey Muhammad Ibn Ummayya, antes Fernando de Válor, marqués de Muley, contra Felipe II. En  la época en que yo la visité aun quedaban señales de  contienda y como yo preguntase que a qué se debían me contestaron simplemente: “a la guerra”. Pensé que podían ser huellas de la guerra civil de 1936-39, pero me replicaron que no, “la guerra, la de los moriscos”. La guerra por antonomasia en la memoria colectiva. Esto mismo me confirmó Juan Aparicio, periodista muy conocido del franquismo que había ocupado y ocupaba altos cargos en el régimen. Él era de Fiñana o vivía en esta localidad durante los veranos y, al ir yo a visitarlo porque había entre su persona y mi padre una relación profesional bastante intensa, desde su óptica falangista me dijo lo mismo: la única guerra que contaba todavía en esa zona era la morisca de finales del XVII.

En La Venta Ratonera trabajaban dos mujeres que atendían a la casa y a la cocina. Trabajaban también algunos hombres. Según me dijo Ángel Pastor, las mujeres no eran de Fiñana sino de otros pueblos de los alrededores; no sé si los hombres igualmente. De todas formas, de las mujeres me dijo Ángel de manera explícita: “son moras” Luego me precisó que, en esa parte de Las Alpujarras, unos pueblos eran cristianos y otros “moros”. Se diferenciaban en algunas costumbres, los llamados “moros” eran de sociedades mucho más cerradas, endogámicas. Tenían tradiciones particulares, como el rapto de la novia, según la cual el hombre debía raptar a la mujer y llevársela al campo de noche, lo que obligaba al hecho del matrimonio y borraba cualquier impedimento; lo cual, incluso, circunscribía al circulo social del pueblo la aproximación a la fémina y el asalto del varón sin muchas posibilidades para un forastero. Ángel suponía que el casamiento se efectuaba por lo que entonces era lo legal e indefectible, o sea el enlace eclesiástico-civil, pero no sabía si se daba otro tipo de contrato o ceremonia paralela.

En lo que sí insistió varias veces fue en la personalidad tupida de las comunidades de estos pueblos, que procuraban tener una autarquía pública administrativa, por decirlo de algún modo, hasta el punto -que para él era pintoresco- de buscar un párroco que fuera originario del vecindario y unos guardias civiles que también lo fueran o que procedieran de pueblos similares. Me dio el nombre de una población en la que tanto el cabo como los números de la Benemérita eran del lugar.

Desgraciadamente, en aquel momento no tomé los nombres de los términos ni ahora me atrevo a aventurar sobre el mapa cuales pudieran ser. Esto venía a corroborar, por entonces, la idiosincrasia peculiar de algunas partes de las zonas alpujarreñas, siguiendo las afirmaciones de José María Cordero Torres, el conocido africanista[iii][iii], natural de Almería, de que durante la Guerra de Liberación de Argelia, varios alpujarreños habían luchado en las filas del FLN, antes llamado Ğayš Al.lah -Ejército de Dios- y de que había matrimonios mixtos de una orilla a otra a favor de la vendimia y recogida de cosechas, producto del trasvase mutuo de trabajadores temporeros y de los contactos regulares, pesca y contrabando. Según Cordero Torres, que se interesaba mucho por el fenómeno, un alcalde contemporáneo de una villa alpujarrense era un argelino musulmán.

Cordero, no sin cierta ironía andaluza, aun dentro de su decidida adscripción al régimen y a los supuestos franquistas, comentaba con alguna asiduidad que Franco no se atrevió a entrar en Las Alpujarras durante una de sus escasas visitas a Andalucía porque sus servicios de vigilancia le habían advertido que la zona no era segura; lo que parecía venir confirmado por la existencia anterior o coetánea de unos maquis barbudos que luchaban o asaltaban tocados con turbantes, al estilo de los antiguos monfíes.       

 De entre las cosas que este africanista del régimen contó en los Institutos de Estudios Africanos y Estudios Políticos, que mi padre me relató a su vez o que yo le escuché directamente, fue un hallazgo de libros escritos en árabe, entre ellos algún Corán y tal vez unos misceláneos aljamiados, que fue trasladado a Almería y expuesto en la Diputación, de donde desapareció presumiéndose con bastante fundamento que fue robado por gente del pueblo de donde procedía para ser devuelto allí y ocultado. Desconozco la continuación del episodio.

Estando en Tetuán, durante mi etapa de director del Centro Cultural Español del MAE[iv][iv], luego Instituto Cervantes, recibí entre 1991 y 1993, la visita en mi despacho de unas señoras andaluzas, madre e hija, alpujarreñas ambas, que necesitaban resolver algún asunto. Como me dijeron que se llamaban Muley Abdelá de apellido y yo tal vez manifestase cierto asombro porque aseguraban que este nombre no tenía origen marroquí, igual que ha ocurrido con algunos apellidos de españoles a partir de 1900 y 1939, me mostraron sus pasaportes y me contaron que eran descendientes de moriscos y que el apellido había dado las variantes de Muley, Abdelá y Delá, según creo.

Lamento no haber tenido la reacción necesaria porque después he comprendido que, probablemente, eran del tronco de Mawlay ‘Abd Al.lah, hermano menor de Muhammad Ibn Ummayya, cuyo nombre a lo cristiano fue Luis de Válor. Como es sabido Mawlay=Muley, “mi señor”, es tratamiento para los descendientes de familias reales en el occidente islámico.

En el espléndido valle de Lecrín -al-Iqlim, “la región” por excelencia- entre Granada y Las Alpujarras propiamente dichas, tuvieron los nazaríes sus propiedades más apreciadas, igual que los omeyas granadinos las tenían en Las Alpujarras, y ahí es fama que fueron enterrados. Pues bien, también es notorio entre muchas gentes de este valle y sus entornos que esas tumbas están aparentemente perdidas, porque las lápidas fueron levantadas o arrancadas por las autoridades y sobre todo por la Iglesia, en tiempos siempre posteriores al siglo XVII, dado el riesgo de que se transformaran en lugares reverenciados por la gente de la tierra, lugares de recuerdo y de reivindicaciones. Esto mismo me dijeron, debo decir que con sentimiento, gentes de Padul, de Pitres y Dúrcal,  en las varias veces que estuve en Lecrín en los años inmediatamente anteriores a 1990-91. aproximadamente.

“Cèst vrai que je ne suis pas marocain. Mais je suis musulman (…). Je suis avant tout andalous. C’est à dire arabe et je travaille pour l’Espagne parce que mon pays y forme maintenant partie, avec l’espoir de faire renaître l’Espagne arabe”. Esto escribe en una carta un morisco español en 1933. Se trata de una carta a máquina, fechada el 7 de julio de ese año, de Rodolfo Gil Benumeya, mi padre, a Ahmed Balafrej, conocido jefe y combatiente político marroquí perteneciente al partido del Istiqlal, que una vez alcanzada la independencia de Marruecos fue ministro y primer ministro. La carta se refiere a la política francesa y a la española, y a la actitud de los jefes nacionalistas sureños respecto a ellas; lo que no es de este lugar.

Por cierto que el apellido Balafrej es morisco, procedente de Palafresa, uno de de los dirigentes de los emigrados de Hornachos a su establecimiento de Salé la Nueva, o sea a Rabat. La firma de Palafresa aparece en varios documentos de la nueva república corsaria marroquí de los hornacheros y andaluces estudiada por Guillermo Gozalbes.

Un escrito del influyente y activo personaje que fue el Emir Chequib Arslan, en los años mil novecientos treinta, como difusor del renacer árabe e impulsor viajero de muchas cosas, escrito dirigido al dirigente nacionalista del norte de Marruecos Abdeljalak Torres, habla igualmente del morisco Rodolfo Gil Benumeya; texto que ya ha sido reproducido en obras de Tayeb Bennuna y de Sidi Muhammad Ibn ‘Azzuz Hakim. El origen de esta rama de los Benumeya -Ibn Ummayya- proviene también de Mawlay ‘Abd Al.lah el Valorí.

Mi padre en su juventud se movía mucho entre Marruecos y España, como antes lo había hecho con Túnez. Junto con esto, participaba de las ideas y actividades de Blas Infante, el ideólogo de la nueva Andalucía, a quien respetaba y apreciaba, si bien es cierto que después de la guerra civil manifestara en algún libro su desacuerdo con la postura, indecisa según él, que llevaría al pensador a la muerte. En ese entorno se movía algún otro morisco andaluz, como G. Izquierdo, Ben Kutayr, que escribió durante 1928 una serie de artículos sobre ‘tradiciones de la algarabía’ en la revista La Raza, de Madrid.

No estoy seguro si era a Izquierdo o a algún otro morisco a quien pertenecía una casa de dos o tres pisos, en la calle Lope de Rueda de Madrid, esquina a Menorca o a Dr. Castelo, en donde encima de la puerta de entrada estaba grabado en letra occidental árabe el lema Al.lahu qalby -Dios es mi corazón- que fue la consigna de los monfíes durante la guerra de Las Alpujarras y que está en relación con el qalby ´arabi de la canción medieval y con los posibles signos secretos de reconocimiento moriscos[v][v] Yo he pasado por delante de ese portal, que ya no existe, durante años porque estaba casi en un punto de intersección entre mi casa y mi colegio.

Al cabo del tiempo, conocí en Casablanca a la hija del Sr.Izquierdo, casada con el entonces director de la Fosforera Marroquí, una de las más antiguas empresas hispano-marroquíes en todo el país. Le pregunté sobre el morisquismo de su progenitor e implícitamente por el suyo, que me confirmó, y estuvimos hablando de los recuerdos al respecto que habíamos heredado de nuestros mayores.

En uno de sus viajes a Marruecos mi padre se desplazó a la residencia de Thami El Glaui en el Atlas y lo entrevistó. El Glaui era por entonces el jefe efectivo de los bereberes del Atlas, bacha de Marrakesh y en apariencia el más firme sostén de los franceses en su Protectorado[vi][vi]. Entrevistarlo no era fácil. La ayuda para hacerlo le vino a mi padre a través de un morisco español que era el ingeniero eléctrico de El Glaoui para todas sus posesiones. Vivía desde hacía años en Casablanca y estaba plenamente identificado con el país, aunque, como siempre parece haber sido el caso de los moriscos, incluso de los ‘de ida y vuelta’ en un sentido y otro, como éste, la tierra propia la tenía bien agarrada por la nostalgia y el deseo de libertad religiosa del que, por lo visto, hablaba siempre.

El hecho de que las autoridades civiles y eclesiásticas, luego de la conquista de Granada, utilizaran los servicios de técnicos y artesanos moriscos para sus edificaciones y para la fabricación de múltiples objetos, dio vía a que se produjeran penetraciones de elementos puramente islámicos en productos a veces emblemáticos del cristianismo católico. Cabe suponer que, en algunos o bastantes casos, esas incursiones fueran deliberadas, formando parte de la resistencia del morisco contra el medio que trataba de anular su cultura. Y si nos fijamos en adornos, arabescos y entrelazados de cosas y paneles de estilo digamos que mudéjar hasta épocas bien avanzadas, vemos el resultado de tales irrupciones, unas veces sin duda voluntarias y otras no.

Recuerdo la sorpresa que tuve, siendo estudiante, al visitar el tesoro de la catedral de Granada. Muchos objetos tenían frases y palabras en árabe. Pero sobre todo me fijé en uno de ellos, que el guía mostraba con orgullo como ejemplo del arte menor mudéjar del XVII. Era un sagrario taraceado de importantes dimensiones y bella composición. Sólo que en ésta, no recuerdo si en la tapa o en los lados llevaba escrito dentro de la filigrana: La ilaha il.la Al.lah wa Muhammad rasulu Al.lah[vii][vii]  con la suficiente claridad como para que alguien que conociera el árabe pudiera leerlo.   

¡Cuántas muestras más de este tipo debe haber en muchas regiones, museos y colecciones españolas!

La propia revista Al-Andalus de tan grata memoria y eficacia, fundada por el sacerdote arabista Miguel Asín Palacios, mostró a lo largo de toda su existencia una portada, que fue su divisa en verde, con unas torres disimilares que encerraban un dibujo en supuesto cúfico. El dibujo, a lo vertical, muestra una cara que aparentemente se refleja en su paralela, lo que no es verdad porque la de la izquierda contiene la frase La ilaha il.la Al.lah wa Muhammad rasulu Al.lah, y  la derecha no; de aquí la disimilitud. Esta especie de acróstico ilustra lo que quiero decir acerca de las claves y señas ocultas que los moriscos debieron usar y de hecho usaron para manifestarse y reconocerse. En una intervención dentro del Encuentro La política y los moriscos en la época de los Austria[viii][viii] hablo del posible significado que representa la mano izquierda abierta de determinada manera sobre el corazón, que aparece en muchos cuadros de El Greco y que significaría el Nombre de Dios en árabe, Al.lah[ix][ix]. Después de haber adelantado esta hipótesis aventurada, al presentar las Actas del Encuentro en Túnez dos tunecinos de origen morisco me comentaron animadamente que sabían de este signo por tradición familiar, y fue uno de ellos el que lo relacionó con el qalby ´arabi que decía más arriba. Más tarde, en Marruecos, el Dr. Outmani de los Archivos Reales me habló de los mismo.

La ocultación de la línea morisca en la Península Ibérica[x][x] ha sido un hecho que ha pasado tan desapercibido, y seguramente mucho más descuidado, que el de la ocultación judía de los conversos. Julio Caro Baroja manifestó en varias ocasiones, algunas de ellas a mi padre, que poseía un amplio fichero sobre líneas de conversos y judaizantes en España hasta épocas muy recientes. El caso del pueblo de Belmonte y aledaños, en Portugal, que siguieron siendo judíos ocultos hasta el siglo XX, cuando volvieron públicamente al mosaismo, es un ejemplo notable pero probablemente no único. Yo he conocido de estudiante universitario tres casos de judaizantes de Méntrida. Y me acuerdo que, en Rabat, el sefardí tangerino Alberto Pimienta me contó como él y un amigo suyo conocieron a una familia judaizante en Toledo, que guardaba el šabat y otras costumbres. Pues bien, lo mismo o parecido ha venido sucediendo con el fenómeno morisco en la diáspora interior, sólo que seguramente de modo más disperso o contagiado por las relaciones dialécticas con la costa norteafricana y las guerras hispano-marroquíes.

Recuerdo que respecto a la ocultación morisca, simultánea con la transmisión de una herencia islámica, dos personas muy diferentes, en tiempos muy dispares, pero ambas nacidas en la región de Valencia, me refirieron hechos de ese entronque. La primera persona fue una compañera ocasional de bachillerato, a la que luego encontré regularmente en la carrera y en el Ateneo de Madrid. Terminó sincerándose  conmigo al decirme que tanto su familia como ella eran musulmanes por tradición, aunque sabían poco del Islam y guardaban muy discretamente su procedencia. La segunda persona ha sido una colaboradora mía en el Instituto Cervantes en Lisboa. No me ha dicho que fuera musulmana, pero sí que conocía el dato de que algunas familias de las sierras cercanas a Valencia transmitían el ‘secreto’ de su filiación morisca a un sólo miembro de cada generación. Las familias no querían que se difundiera el hecho pero tampoco querían que se perdiera.

Entre 1989 y 1992 Granada y Tetuán se hermanaron como ciudades, la Junta de Andalucía comenzó sus intervenciones arquitectónicas en el norte de Marruecos y la ciudad de Almuñecar organizó varios Encuentros de tipo árabe. Con motivo de todo esto hubo un cierto flujo mutuo de responsables políticos, personalidades culturales o sociales y arquitectos de un lado a otro. En dos de esos viajes coincidimos varias personas en un bar gitano del Albayzín y en una cafetería de la Carrera del Darro, los dos frente a La Alhambra. Como se hablase tanto en español como en árabe, el propietario del bar se dio a conocer como musulmán, pero no convertido recientemente, sino de antes, de familia. Lo mismo ocurrió con el encargado o dueño de la cafetería, igualmente gitano, que insistió en esto último a raíz de una pequeña discusión que se había producido. Entre las personas asistentes a una u otra de las veces estaban la Dra. Erzini, el cardiólogo Sr. Da’ud, el entonces concejal de cultura Sr. Muhammad Agzul, todos tetuaníes, y algún arquitecto granadino. 

Esto último, el Islam morisco mezclado con la cultura gitana, ya aparece en los escritores clásicos españoles; por ejemplo, en el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán, como es sabido. Y hasta cierto punto, aunque no dentro de la cultura gitana pero sí entre los grupos semi-nómadas de la geografía peninsular que tienen mucho de esa cultura, en la atribución que a veces se hace a los mercheros o ‘quinquis’ de tener un origen morisco oculto precisamente por su acotación de la sociedad oficial y su semi-nomadismo. Puede ser que sí o que no, pero es cierto que, en estas difíciles Hispanias, la ocultación era o es la esencia de la personalidad individual o colectiva de un individuo o de un reducido grupo que quiere subsistir con sus características propias.

 


[i][i] ver Regreso de los moriscos a casa. Residuos de morisquismo y visión de este fenómeno en los Quijotes de Cervantes y Avellaneda. En Undécimo Simposio sobre Presencia y vida cotidiana morisca en el Mediterráneo y la América Latina. Fondation Temimi, Zaghouan, 7-11 mayo 2003.

[ii][ii] ver mi libro La frontera sur de Al-Andalus… Asociación Tetuán-Asmir, Tánger 2002

[iii][iii] Director del Instituto de Estudios Africanos, miembro del Instituto de Estudios Políticos, Abogado del Estado en el Ministerio de Asuntos Exteriores y principal teoricista adminitrativo del Protectorado español en Marruecos.

[iv][iv] Ministerio de Asuntos Exteriores.

[v][v] ver La política y los moriscos en la época de los Austria. Actas del Encuentro. Sevilla la Nueva 1999. Madrid, 2000.

[vi][vi] si bien es cierto que, tiempo después y antes de colaborar activamente en el golpe de Estado francés contra el sultán Muhammad V -es decir durante el primer periodo de la II Guerra Mundial en el que España tuvo veleidades imperiales- estuvo preparado para sublevar a sus tribus en favor de España si ésta invadía el Protectorado francés.

[vii][vii] puede ser que no fuera esta frase sino la de Bismi Al.lahi al-Rahmani al-Rahim, lo que no cambia la intención del artesano que haría este sagrario ad hoc, porque no creo que se trate de una caja aprovechada.

[viii][viii] “La marginalidad de los moriscos, un fenómeno impuesto”

[ix][ix] no porque El Greco fuera morisco, como ya digo en este trabajo, sino tal vez por su conocimiento del medio morisco e incluso por su helenismo oriental, próximo al Islam y conocedor de alguna de sus manifestaciones místicas. De hecho, en donde aparece esa mano izquierda de esa forma, la derecha tiene otra actitud que recuerda la de los danzarines darawiš, derviches turcos.

[x][x] el Dr. Adalberto Alves arabista entusiasta, autor de una extensa bibliografía y promotor de numerosas actividades en torno al Islam portugués, es posiblemente un autorizado conocedor del tema en su variante lusa

                        

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