Los maestros de la memoria

 

Los maestros de la memoria  

 

Thomas Merton. Monje trapense. Siglo XX

Quien no esté solo, dice Filoxenes, no ha descubierto su identidad. Parecería estar solo, tal vez se experimenta como individuo. Pero al hallarse voluntariamente encasillado, limitado por las leyes y las ilusiones de la existencia colectiva, no tiene más identidad que un nonato en el vientre. Aún no es consciente. Es un forastero de su propia verdad. Posee sentidos, pero no puede usarlos. Tiene vida, pero no identidad. Para tener identidad, tiene que despertar, y percibir. Pero para despertar, tiene que aceptar la vulnerabilidad y la muerte. No por ellas mismas: tampoco por estoicismo o desesperación. Sino únicamente por la invulnerable realidad interior que no podemos reconocer (que solamente podemos ser), pero a la cual despertamos recién cuando vemos la irrealidad de nuestra vulnerable corteza. El descubrimiento de este ser interior es un acto y una afirmación de la soledad.

Ahora bien, si tomamos nuestra corteza vulnerable como nuestra identidad verdadera, si pensamos que nuestra máscara es nuestra cara verdadera, la protegeremos con fabricaciones aunque ello nos cueste violar nuestra propia verdad. Tal parece ser el propósito colectivo de la sociedad: cuanto más se dedican a ello los hombres, más certeramente se vuelve una ilusión colectiva, hasta que al final tenemos la dinámica enorme, obsesiva e incontrolable de las fabricaciones diseñadas para proteger meras identidades ficticias.

  

Anónimo judío

Un Viejo Rabí le preguntó a su asamblea de discípulos:

                -¿Cómo sabemos que la noche ha finalizado y el día comienza?

                Tras un momento alguien se aventuró a hablar: -Es ese momento en que los árboles individuales comienzan a destacarse del bosque.

                El viejo rabí negó con su cabeza: -No, no es ese momento.

                -Es ese momento en el que podemos comenzar a distinguir una nube de la bruma de la mañana –dijo otro.

                -No , – dijo el viejo rabi.

                Todos cayeron en un profundo silencio, hasta que alguien finalmente exclamó:

                -Por favor, dinos, rabi, ¿cómo podemos distinguir ese momento en que la noche ha finalizado y el día comienza?

                -Es ese momento en que puedas mirar el rostro de un forastero y reconoces tu rostro original. Hasta entonces, la noche se encuentra entre nosotros, –dijo el rabí finalmente.

Rabí Alessandro de Viterbo. Pardés Bináh. 1832

Se puede muy bien estar con los ojos abiertos y permanecer dormido, dormido para las cosas esenciales. Y al revés: podemos tener los párpados entornados y parecer dormidos para lo habitual y habitar, sin embargo, varios mundos a la vez. La característica más común de este singular modo de estar despierto consiste en que todo se ve como aureolado por un significado más profundo. Por ejemplo, al contemplar un objeto percibimos las manos que lo han hecho, la historia de la materia que lo organiza, su uso y destino, las relaciones de contigüidad y valor que tiene con las demás cosas que lo rodean. De modo que lo que es válido para una mesa o un libro es todavía más extraordinario cuando se trata de un ser humano. Eso se llama ver lo semejante en lo diferente, y en cada concavidad la invisible convexidad que la envuelve.

 

Platón de Atenas (428-347 a.c.)

En el libro VII de “República”, Platón presenta su mito más importante y conocido, el mito de la caverna. Platón dice expresamente que el mito quiere ser una metáfora de nuestra naturaleza.

 Nos pide Platón imaginar que nosotros somos como unos prisioneros que habitan una caverna subterránea. Estos prisioneros desde niños están encadenados e inmóviles de tal modo que sólo pueden mirar y ver el fondo de la estancia. Detrás de ellos y en un plano más elevado hay un fuego que la ilumina; entre el fuego y los prisioneros hay un camino más alto al borde del cual se encuentra una pared o tabique, como el biombo que los titiriteros levantan delante del público para mostrar, por encima de él, los muñecos. Por el camino desfilan unos individuos, algunos de los cuales hablan, portando unas esculturas que representan distintos objetos (animales, árboles, objetos artificiales…). Dado que entre los individuos que pasean por el camino y los prisioneros se encuentra la pared, sobre el fondo sólo se proyectan las sombras de los objetos portados por dichos individuos. En esta situación los prisioneros creerían que las sombras que ven y el eco de las voces que oyen son la realidad.

Señala Platón que el prisionero liberado va poco a poco descubriendo niveles de realidad cada vez más auténticos: primero miraría los objetos del interior de la caverna y la luz del fuego presente en ella, después saldría al exterior de la caverna y vería primero las sombras de los objetos, después los reflejos de los objetos en el agua  y luego los objetos mismos. Finalmente percibiría el Sol, concluyendo que es lo que produce las estaciones y los años, gobierna todo el ámbito visible y que de algún modo es causa de las cosas que ellos habían visto. Al recordar su antigua morada, la sabiduría allí existente y a sus compa­ñeros de cautiverio, se sentiría feliz y los compadecería; esa vida le parecería insoportable. Pero a pesar de todo, regresaría al mundo subterráneo y aunque pudiera perder la vida en el intento por mostrarse al principio torpe en ese mundo de las sombras y provocar las risas y el desprecio de sus compañeros, bajaría para ayudarles en su liberación. 

 

San Juan de la Cruz. Siglo XVI. Coplas

Entreme donde no supe
y quedeme no sabiendo, toda ciencia trascendiendo.

Yo no supe dónde entraba
pero cuando allí me vi
sin saber dónde me estaba
grandes cosas entendí
no diré lo que sentí
que me quedé no sabiendo, toda ciencia trascendiendo.

De paz y de piedad
era la ciencia perfecta,
en profunda soledad
entendida vía recta
era cosa tan secreta
que me quedé balbuciendo, toda ciencia trascendiendo.

 

Hakim Jan   (siglo XX). El Diseño.

Hace casi mil cuatrocientos años había un hombre que vivía en un oasis en el desierto de Arabia. Su peculiaridad es que mantenía como animales domésticos una cabra y un lobo, que vivían junto a él en armonía.

Un viajero cuya ruta le traía periódicamente a través del oasis intimó con él.  Un día le preguntó cómo es que mantenía esos dos animales que eran de naturalezas opuestas.  El hombre le dijo:

                -La cabra nos suministra leche, y el lobo nos protege. Uno trabaja con el otro, porque hay cierta  armonía en el mundo en ciertos lugares.

                Un día el viajero  se estaba aproximando al oasis de nuevo, cuando se horrorizó al ver como el lobo saltaba sobre la cabra y la devoraba.

                Al llegar al lugar, el beduino salió corriendo y exclamó:

                -Un hombre despierto ha muerto y el mundo está ahora dislocado. Hay gentes en esta tierra cuya presencia produce cierto efecto. Ahora veremos catástrofes y desastre, y las cosas no serán lo mismo hasta que los acontecimientos sean enderezados.

 

Ismail Hakki Bursevi. (Bursa, siglo XVII-XVIII)

Todo depende del recuerdo. No se comienza aprendiendo, se comienza recordando. La distancia de la existencia eterna y las dificultades de la vida nos causan el olvido.

Es por esto que la Divinidad nos ha ordenado:

-¡Recuerda!

                                                               

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