El baile de las máscaras

el arbol de la vida y de la muerte

El baile de las Máscaras. Las falsas identidades que nos han impuesto.
@ Francisco Martínez Dalmases. Marzo 2014

El trasfondo:
Hace ya casi una década, durante una estancia en Uzbekistán, me hablaron de Olga Kharitidi, un psiquiatra rusa que había visitado Uzbekistán unos años antes y había trabado relación con la “tribu del sueño”, un grupo de etnia gitana –los liuli- impregnado de tradiciones orales shamánicas y sufis al margen de lo que la literatura define como shamánico o sufi. Fruto de ese encuentro Olga escribió un libro: “The Masters of Lucid Dreams”, que narraba las técnicas de sanación de la mente individual y colectiva, cuando estas han sucumbido a lo que en lenguaje psiquiátrico Olga define como el espíritu del trauma, y que la Tribu del Sueño denomina “los demonios de la memoria”. Olga narraba su trabajo en un hospital psiquiátrico en Novosibirsk y su encuentro con la encadenación de traumas recurrentes en las mismas familias, la inexorable contaminación de la enfermedad psíquica cuando conflictos no resueltos ganan espacio y fuerza a través de los nudos que crean, desarrollándose todos ello en la impunidad del inconsciente individual y colectivo, el dominio de lo no-hablado, lo no-definido. Olga describía el espíritu del trauma como una fuerza consciente, que se adueña de esos espacios en tinieblas y se reproduce a través de las generaciones. Su mentor en la Tribu del Sueño le enseñó a integrar esos espacios traumáticos mediante música, danza, narraciones orales, la experiencia de sueños conscientes o la exposición a determinados diseños.
Tarde tiempo en conocer a Olga, hará ahora más de dos años, en un seminario que conducía en un apartado lugar al norte de Francia. Olga (Kharitidi) Yahontova, radicada en la actualidad en California, entre otras actividades, supervisa como psiquiatra a presos en penales de alta seguridad, muchos de ellos condenados de por vida, e intenta introducir motivaciones y proyectos vitales entre los residentes de lugares tan inhóspitos. Comentando acerca de su anterior experiencia en Novosibirsk, Olga describió algunos de los dramas ocultos de la sociedad rusa, entre ellos la alta tasa de violaciones, a menudo en el marco familiar, que marcan de por vida a un gran número de mujeres, enlazó eso con su actual trabajo y dijo:
“Lo más sorprendente es que antes trataba a las víctimas de violación, ahora trato a los que han perpetrado violaciones, en ocasiones llegando incluso al asesinato de sus víctimas,… y son la misma gente, tienen los mismos problemas, los mismos nudos ancestrales”.

Aquí y ahora:
Una convocatoria de referéndum en Cataluña llama a la puerta y pone en tela de juicio una unidad social, política y económica que dura varios siglos. A estas alturas el debate está muy caliente y predominan los argumentos teñidos de una profunda carga emotiva que oscila entre la traición desde una óptica, la recuperación de una identidad menoscabada desde otra óptica
Me gustaría enfocar una mirada diferente. Lo he intentado en el libro Qandil. Luces del Poniente, donde el ensayo y la novela pactan su mestizaje para recrear la historia no-escrita, apenas oral, de una España silenciosa, algunos de cuyos efectos los percibió Antonio Machado al exclamar: “… una de las dos España te ha de helar el corazón”. En realidad hay más de dos Españas, más de tres, … o quizá nunca haya existido España: el proyecto de identidad nacional desde el siglo XVI, si observamos fríamente su líneas maestras, se nutre de la cosmología de la Gran Castilla, donde todo se supeditó a la autoridad que emanaba de Dios y Rey, principios absolutos.
Lo que denominamos España nació no de la integración, sino del rechazo: rechazo a lo judío, rechazo a lo musulmán, rechazo a las nacionalidades periféricas: Navarra-País Vasco, Cataluña, estatuto de limpieza de sangre y limpieza de oficios, la Inquisición… La persecución a todo lo distinto alumbró la marca España
Con ser fácil cargar las tintas contra Castilla, la Gran Castilla, matriz física y sociológica de lo que posteriormente ha recibido el nombre de España, hay que recordar que fue en Castilla donde se dio la represión de las Comunidades de Castilla y su embrión de una sociedad civil. La derrota de los Comuneros en 1521 marcó la muerte de miles de castellanos que querían separar la gestión del estado de la teocracia imperante.
Cervantes adjudicó la autoría de El Quijote a Cide Hamete Benengelí, historia escrita en caracteres de aljamía, que halló en los cartapacios que un muchacho intentaba vender en la tienda de un sedero en Toledo, siendo él tan solo el lector… Pocos han entendido el órdago que lanzaba Cervantes a una sociedad que se ensamblaba desde la exclusión. Se ha glorificado a Cervantes y su obra, pero no se ha entendido el mestizaje que proponía, su declaración de identidad como “cristiano nuevo” se halla allí expuesta a la luz pública. Aceptar el mestizaje implicaría aceptar al “otro”, la sombra que nos persigue en un sueño recurrente del cual tratamos de escapar, pero por muchos atajos que tomemos y muy rápido que huyamos, siempre se halla a la distancia de un soplo. Las exclusiones, si se interiorizan, se convierten en sombras que nos acompañarán para siempre.
No escribo estas líneas desde la impunidad literaria, soy parte del proceso, mi línea materna es catalana “de soca y arrel”, los Dalmases Mir, proceden de la Segarra profunda. Mi línea paterna trae otros aires, mi abuelo, emigrante a muchos lugares, terminó estableciéndose en el Urgell, y con él mi padre, un muchacho de ocho años que cambió los aires secos de una aldea almeriense por nieblas invernales del Urgell ilerdense. Es por ello que los partidarios del pedigree catalán me pueden lanzar el mote despectivo de “charnego”, lo acepto. Ya adulto, en mi padre afloró el mismo afán errante de mi abuelo, y siendo aún un niño me las tuve que componer -arrastrando un deje catalán en el habla que siempre me identificaba como foráneo- para adaptarme cada año a nuevos compañeros y colegios por las profundidades de Extremadura y Castilla la Vieja.., si la Vieja, la Eterna, la que ahora un gobierno al completo pretende resucitar como vector de la historia en el siglo XXI.
Cuando era pequeño mi madre a menudo apostillaba mi curiosidad con una frase en catalán: -No siguis tafaner…- Como adulto descubrí que el vocablo “tafaner” procede del árabe coloquial “tahhán”, molinero, fisgón. Mi infancia, hasta los siete años, transcurrió en una finca agrícola cerca de Lleida, el límite de nuestra propiedad por el noroeste lo marcaba el camino a Alcoletge (Al Kolaia, castillo pequeño), frente a nuestra casa se veían los restos erosionados del castillo de la Moradilla, y al otro lado de la ladera se hallaba el pueblo de Alamús … sí, nombres que proceden de la cultura islámica que se desarrolló en toda la Península –incluida Cataluña- con unas claves muy particulares. Y lo menciona porque la pureza racial, cultural o ideológica es siempre falsa.

La corte castellana, impregnada de integrismo católico, a partir de la segunda mitad del siglo XV institucionalizó una visión de la historia que no tenía nada que ver con lo acontecido hasta entonces.
El problema con la “España eterna” es que nunca ha existido: identidad fabricada a partir del siglo XV por razones ideológicas. Las guerras entre facciones visigodas durante generaciones finalizó con el triunfo de los arrianos o cristianos unitarios, que echaron mano de un puñado de huestes bereberes procedentes de su provincia Tangitania, al otro lado del estrecho. La lenta entrada de la religión islámica se produjo a través de comerciantes que llegaban a los puertos del Levante, el arrianismo y el Islam eran tan similares, que poco a poco una gran mayoría de la población cambió sus señas de identidad religiosa. No desaparecieron millones de españoles y aparecieron millones de árabes. San Eulogio de Córdoba aún no se había enterado en el año 850 (más de un siglo después de la “invasión”) que la otra religión con la que polemizaba en Córdoba era el Islam, creía que eran arrianos. La Crónica Sarracina, donde se narra la invasión de los “árabes” fue escrita en 1433 por Pedro del Corral, 720 años después de los hechos descritos. La otra gran cultura y religión en Sefarad (España), la judía, muestra componentes similares. Durante los siglos I-V la religión judía mantuvo una dinámica proselitista que ahora se ha olvidado. El historiador judío Yitzhak Baer, autor de “Historia de los Judíos en la España cristiana”confirma el origen étnico hispano-romano de los judíos de Mallorca y el Levante.
Discurrieron los siglos y unos españoles católicos mostraron más energía para la guerra y acabaron triunfando por las armas en 1492. Otros españoles, judíos y musulmanes, mostraron más capacidad para la cultura, el arte y el comercio, y perdieron el poder militar y político. Castilla comenzó a fabricar “crónicas” a partir del siglo XV, fabulando el pasado para asentar la institución Iglesia-Monarquía. Ese encaje ficticio es hoy insostenible, sorprende que el mito de la España única haya aguantado tanto como cimentación de toda una sociedad y las costuras hayan tardado tanto en hallarse al borde de la ruptura. En los años 50 el poeta Gabriel Celaya escribía en su “Cantos ibéricos”:

-Me siento un ingeniero del verso y un obrero
Que trabaja con otros a España en sus aceros.

Los versos de Celaya muestran una notable percepción, mucho intuyó el poeta sobre el problema de fondo, desafortunadamente faltaba gente lúcida para “forjar a España en sus aceros”.

En la segunda mitad del siglo XVI la Gran Castilla (toda España, excepto los Reinos de Portugal-Navarra-Aragón-Valencia-Flandes y el Reino de Nápoles y Sicilia) cayó en una profunda crisis económica. La decisión de Carlos I de convertirse en Sacro Emperador supuso un gran endeudamiento –se compraron las voluntades de los príncipes en toda Europa para obtener el nombramiento, y hubo de endeudarse con el banquero Jakob Fugger para hacer frente a estos gastos. El tamaño de la deuda era tal, que Castilla dedicó gran parte de su presupuesto durante dos generaciones para pagarlo, hasta que Felipe II declaró la bancarrota de 1577. El hecho de ser el custodio del catolicismo supuso otro problema añadido, hubo que ensamblar un gran cuerpo de ejército profesional, los Tercios, para embarcarse en los conflictos religiosos que estallaron en toda Europa. El coste fue inmenso, en vidas humanas y en recursos sustraídos a la sociedad civil… el integrismo resulta demagógico y contagioso, pero nunca barato (una buena muestra lo tenemos con el actual sacro imperio, Estados Unidos, y sus intervenciones militares sin fin, mientras varios decenas de millones de sus ciudadanos carecen de cobertura sanitaria).
En 1626 el Conde Duque de Olivares, valido de Felipe IV, pretendió unificar las instituciones de toda la península. Los inmensos cargamentos de plata que llegaban al reino de Castilla procedentes de las minas de Potosí y Nueva España (los otros reinos españoles quedaban al margen del expolio de las riquezas de ultramar) no bastaban para tapar el desastre económico y decidió el reparto de los costes. El proyecto Unión de Armas proponía la contribución de cada uno de los reinos en soldados y en dinero para sostener el Imperio. La oposición fue radical en todos los Reinos y las Cortes Catalanas pretendieron rebajar su contribución. Los conflictos generados a partir de ahí, además de una guerra abierta con Francia, condujo a la Guerra dels Segadors (1640-1652), donde se mezcló una guerra con un enemigo foráneo y una guerra civil en Cataluña, un enfrentamiento burguesía-campesinado que la historiografía del nacionalismo catalán no recoge plenamente al pretender una visión monocolor de su pasado.
Si queremos acercarnos a la “herida histórica” a la identidad catalana y hacer algo de luz en el mito central, debemos enfocar nuestra mirada en la Guerra de Sucesión a principios del siglo XVIII. La muerte del rey Carlos II sin sucesión disparó las ansias en todas las cortes europeas, en juego estaba la supremacía militar y económica de Europa, fuese el eje la unión Austria-España, o la cimentación de un imperio Franco-español. Los europeos se agruparon en dos bandos por motivos estratégicos. Los partidarios del austriaco Archiduque Carlos y los partidarios de Felipe de Anjou, nieto del monarca francés Luis XIV.
Felipe de Anjou entró en España a la cabeza de un ejército francés y se proclamó rey de España con el título de Felipe V en Madrid el 8 de Mayo de 1701, y pronto fue a Barcelona, donde juró la constitución catalana el 4 de Octubre de 1701. Sería enciclopédico narrar todos los vaivenes de la larga guerra. Tan sólo destacar que en el Reino de Aragón y Principado de Cataluña, y en el Reino de Valencia, aunque no de modo unánime, se produjo una mayor adhesión hacia el bando del Archiduque, sobre todo a partir de un movimiento popular que se dio entre el campesinado y se le denominó los maulets (nombre que procede del morisco maula, esclavo liberado), y que nos dibuja uno de los ingredientes que las líneas oficiales de la historia han ocultado: gran parte del campesinado del Levante y las tierras del Ebro procedían de un sustrato morisco. También es cierto que los catalanes recelaban de los intereses franceses, ya que en “la guerra del Segadors”, un par de generaciones atrás, habían perdido el Rosellón y parte de la Cerdeña. El epílogo de años de luchas y cambios de suerte en el campo de batalla, fue que las tropas francesas y castellanas lograron imponerse finalmente y redujeron el conflicto hasta el entorno de Barcelona. En medio de tanta destrucción, el Emperador José I murió en 1711, y el Archiduque Carlos prefirió asumir el trono de Austria en sustitución de su difunto hermano, abandonó Barcelona y nunca regresó. En Julio de 1714 se produjo el asalto final, el Duque de Berwick, al mando de 40 batallones de tropas francesas y unos regimientos castellanos entraron en Barcelona el día 11 de Septiembre. Entre los días 13 y 14 se produjo la oficialización de la rendición y el decreto por el cual Felipe V abolía las cortes catalanas y los Tres Comunes: El Consejo del Ciento, La Generalitat y el Brazo Militar.
A Felipe V se le había presionado, incluso su propio abuelo, el Rey de Francia, para que no aboliese los estatutos catalanes, pero decidió zanjar el problema de otro modo, imponiendo un férreo centralismo, reinventando a Dios, Iglesia y Rey en el siglo XVIII. Así mismo, instruyó al Duque de Berwick para que fuese implacable en Barcelona. La ceremonia anual el 11 de Septiembre en la Fossa de les Moreres recuerda la dureza de la represión.
Fue una guerra larga y dura, entre dos monarcas foráneos, con tropas foráneas de ambos bandos –particularmente franceses e ingleses- y el tratado final de paz en Utrecht lo marcaron las potencias europeas que habían combatido en España, sin que ningún representante español estuviese presente.
La realidad del conflicto está plagado de ambigüedades: Felipe de Anjou juró la Constitución en las Cortes catalanas en 1701 para luego revocarlas en contra del consejo de todos. Los “botiflers” fueron regimientos de soldados catalanes partidarios de Felipe V que participaron en la guerra, y que con el paso de las generaciones se convirtieron en el germen de los “mossos d’esquadra”. El Archiduque Carlos promovió y aceptó el sacrificio de Barcelona, tras huir para hacerse cargo de la corona austriaca. La flota austro-inglesa fue la primera en bombardear Barcelona en Mayo de 1705, las tropas de la alianza que desembarcaron en Barcelona volvieron a bombardear la ciudad desde Montjuich en Agosto de 1705.
Desde la óptica catalana -además del drama del asalto a Barcelona- su mayor pérdida fueron unos estatutos y organismos civiles de administración. Nunca fue una guerra de independencia, los catalanes combatieron por un fallido Rey de España

La memoria construida:
Lo sorprendente –el espíritu del trauma reproduciendo sus nudos ancestrales- es que las “nacionalidades” periféricas han construido en los dos últimos siglos mitos similares para reafirmar su diferencia. Hablar de Sabino Arana y su mito del vasco puro frente a la impureza de los maquetos roza la esquizofrenia.
Los mitos catalanes navegan por las mismas aguas. En 1886, acompañando a la corriente de exaltación regionalista que derivó en nacionalismo, el poeta Jacinto Verdaguer publicó el poema Canigó. En ese poema se ubican los ingredientes de un mundo imaginal que han impregnado la consciencia colectiva catalana. Verdaguer, en sus viajes por la Cerdeña francesa (territorio catalán hasta el siglo XVII) recogió leyendas medievales asociados a la geografía del monte Canigó y les dio forma en un notable poema: La leyenda se sitúa en el siglo XI, el héroe Gentil, hijo del Conde Tallaferro, se encuentra con la reina de las hadas en esos parajes y, embrujado por ella, vuela a través de los montes, hasta que su tío, que combate contra los musulmanes, logra rescatarlo del embrujo y lo empuja al campo de batalla, donde consigue la victoria contra los “extranjeros”. Es sorprendente su semejanza con el mito de Don Pelayo-Virgen de Covadonga, pero con una mayor carga poética. Este poema es uno de los hitos fundacionales del nacionalismo catalán y retrotrae a una identidad procedente de la dimensión imaginal, que se materializa en la geografía física y humana y cuaja en “pueblo”.
Las conquistas de los Condes de Barcelona hasta la demarcación del Ebro en el siglo XII fueron acompañadas de una acertada política demográfica, se permitió a sus habitantes conservar su hacienda y no se recurrió a la política de repoblaciones que asoló Castilla y posteriormente Andalucía. La población rural en la cuenca del Ebro eran descendientes de moriscos, protegidos en la zona del Cinca por el Marqués de Aytona en la época de las expulsiones en el siglo XVII. Lo mismo hicieron los consecutivos virreyes asentados en Tortosa protegiendo a los moriscos de la Ribera del Ebro. Quizá la tolerancia tuviese como motivo la inmensa riqueza agrícola que generaban, pero los mitos sociales catalanes has seguido muy de cerca de los castellanos, y nunca han hallado acomodo para una parte de su población que no encaja con la visión de una pureza de creencias desde la noche de los tiempos. Dicha realidad afloró de nuevo con la guerra de Sucesión, donde el movimiento campesino de los maulets (los maula moriscos) surgió con toda su fuerza en esa área geográfica. Aún hoy los habitantes de la Ribera del Ebro se consideran la quinta provincia catalana. Una identidad que nace de un sustrato cultural diferente.
A partir de mediados del siglo XIX la burguesía catalana transformó el movimiento literario romántico en regionalismo, una exaltación de las costumbres propias y la mitificación de un pasado sin sombras. Posteriormente Prat de la Riba articuló ese movimiento en una corriente política, la Lliga Regionalista, que tuvo en Cambó a su más destacado protagonista y cuyo objetivo era un estatuto de autonomía para Cataluña. Francesc Macia, uno de los fundadores de Ezquerra Republicana introdujo el catalanismo independentista en los años 30. Estas etapas acompañan en el tiempo el colapso de importantes mitos colectivos: La pérdida de las colonias españolas de Cuba y Filipinas en el año 1898, que generó un estado de desánimo colectivo en toda la sociedad española y la Gran Depresión del año 29. No hay que perder de vista el “clima” imperante cuando ocurren los acontecimientos supuestamente fruto de la voluntad popular.
La retórica nacionalista catalana tiene manifestaciones poco presentables. Una de ellas ha derivado en una idea central: “sólo se puede ser catalán si se es nacionalista”, esto sustrae la voz y representatividad de los catalanes que no participan de la exclusión como mecanismo social. En su aplicación práctica, la Generalitat ha fomentado una red de clientelismo cultural y económico que hace muy difícil la manifestación de otras voces. La sociedad catalana actual se está convirtiendo en monocolor con mucha rapidez.
Visto desde otro ángulo, entre la mayoría de los catalanes el lenguaje de la facción conservadora del estado español – anclada psicológicamente en la Edad Media- genera rechazo.
Resulta asombroso el paralelismo entre el actual gobierno del estado español, heredero por vocación de los mitos más rancios, desde Don Pelayo hasta el último Caudillo, y al otro lado la Generalitat y su apuesta por una retórica de victimismo arquetípico que se retroalimenta hasta el infinito: “los catalanes siempre hemos sido engañados por el centralismo”. Ambos instrumentalizan la historia y sus mitos, y al margen del discurso público fomentan una red de clientelismo social y económico que origina tramas de corrupción en todos los estratos de la sociedad. Danza simétrica de identidades falsas, que se nutren de la exclusión del “otro”, cuanto más enfrentado esté el debate, más rédito electoral obtendrán. Soflamas vacías y grandilocuentes, el “orgullo herido”… hermanos gemelos.
La clave “emotiva” de nuestros sentimientos y afiliaciones es respetable, el problema es que quienes practican la ingeniería social saben cómo pulsar dicha clave. Hubo un tiempo en que algunos políticos y personajes públicos estaban dotados de empatía, capacidad de conectar. Hoy eso no se deja al azar: la neurolinguística y las técnicas de propaganda transforman a cualquier político torpe en una máquina de lanzar frases de plástico procedentes de los gabinetes de estudio de sus partidos, basados en unos objetivos mercantiles: cuota de mercado. La realidad social casi nunca se aborda, se construye una realidad alternativa, y las batallas se dan en un escenario irreal: la narrativa que nos cuentan por motivos políticos, económicos, en definitiva… poder. Con la particularidad que en la historia española a menudo aparece un extraño y peligroso mecanismo sociológico: si tenemos un enemigo tenemos un proyecto que nos une.

Sería absurdo que el discurso excluyente contamine a toda una sociedad. Sería penoso si algún día viésemos en perspectiva como la Élite que detenta el poder -moviendo a los grupos políticos y sociales como títeres- fue capaz de imponer a principios del siglo XXI un fundamentalismo económico y social que vació de contenido la democracia, convertida tan sólo en un rito de votar una de las dos opciones: si a lo que yo digo / no a lo que dice el adversario que yo he creado.

Los demonios de la memoria.
¿Acaso hemos hablado de algo diferente en este largo artículo?
Durante el servicio militar trabé amistad con un compañero, al que una vez reincorporado a la vida civil vi en un par de ocasiones y surgieron los comentarios sobre el modo en que nos abríamos camino. Me comentó que había conocido a una joven que le gustaba y parecía que podría cuajar en una relación estable, pero ella tenía reacciones extrañas a la convivencia. Finalmente mi amigo me narró la historia:
En la familia de su novia se daba un drama que ella no sabía como resolver. Sus padres se habían conocido a finales de los años 50, su padre estaba esperando aprobar una de esas interminables oposiciones a la administración y mientras no tuviese trabajo estable no podían casarse. Fruto de sus relaciones la madre se quedó embarazada y, unos meses antes del alumbramiento, decidieron que ella se trasladase a Zaragoza, donde se había establecido su hermana, y que allí diese a luz sin que nadie más de su familia –aparte de su hermana cómplice- o amigos lo supiese, para no convertirse en el centro de vergüenza y deshonor (España, años 50). Así fue, a los pocos meses de dar a luz la madre volvió a Madrid, dejando a su bebé al cuidado de su hermana. El hombre finalmente aprobó las oposiciones y se casaron. Esperaron aún un par de años y entonces trajeron a su hijo desde Zaragoza y lo presentaron a todos como su sobrino, que viviría con ellos ya que su hermana no podía mantenerlo. Un tiempo después nació la joven y juntos crecieron, pero “los demonios de la memoria” ya se habían adueñado de sus vidas. En el seno de la familia, a su hijo lo trataban como un sobrino, y enseñaron a su hija a tratar a su hermano como si fuese un primo. El tiempo había pasado, pero seguían asumiendo el papel de tíos quienes eran padres, y de primos, quienes eran hermanos. Como la realidad finalmente se filtra o se intuye, todos ellos eran conscientes de la irrealidad de la situación, pero ninguno tenía fuerzas para romper el muro de silencio y falsas identidades que habían construido en sus relaciones.
Pido disculpas por desvelar una historia que me fue contada confidencialmente hace más de tres décadas. Es una historia que no me pertenece, pero la he recordado a menudo al navegar por el arquetipo de lo español, un conflicto no resuelto para el cual en ocasiones he intentado construir en mi imaginación rutas de encuentro donde padres y hermanos pudiesen convivir sin máscaras un día…

El ser humano es Luz materializada…….. Sheij Mohammed Karim Kermani

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Una respuesta a El baile de las máscaras

  1. Mi querido Francisco …he disfrutado mucho con su libro ” Qandil ” …hay muchas resonancias en mi historia familiar y me encantaría poder volcarlas en usted. Soy de Valencia y mi abuelo me decía cuando era pequeño: xiquet, no te oblides mai, nosaltres som moros…
    Hay una historia que resuena en mi cabeza de como llegaron las esmeraldas de Colombia a las cortes del Sublime Sultán Otomano y a los refinados emperadores Mughal…a través de la Ruta de la Seda

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