Awfaq. Armonizar

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Los maestros de la memoria

 

Los maestros de la memoria  

 

Thomas Merton. Monje trapense. Siglo XX

Quien no esté solo, dice Filoxenes, no ha descubierto su identidad. Parecería estar solo, tal vez se experimenta como individuo. Pero al hallarse voluntariamente encasillado, limitado por las leyes y las ilusiones de la existencia colectiva, no tiene más identidad que un nonato en el vientre. Aún no es consciente. Es un forastero de su propia verdad. Posee sentidos, pero no puede usarlos. Tiene vida, pero no identidad. Para tener identidad, tiene que despertar, y percibir. Pero para despertar, tiene que aceptar la vulnerabilidad y la muerte. No por ellas mismas: tampoco por estoicismo o desesperación. Sino únicamente por la invulnerable realidad interior que no podemos reconocer (que solamente podemos ser), pero a la cual despertamos recién cuando vemos la irrealidad de nuestra vulnerable corteza. El descubrimiento de este ser interior es un acto y una afirmación de la soledad.

Ahora bien, si tomamos nuestra corteza vulnerable como nuestra identidad verdadera, si pensamos que nuestra máscara es nuestra cara verdadera, la protegeremos con fabricaciones aunque ello nos cueste violar nuestra propia verdad. Tal parece ser el propósito colectivo de la sociedad: cuanto más se dedican a ello los hombres, más certeramente se vuelve una ilusión colectiva, hasta que al final tenemos la dinámica enorme, obsesiva e incontrolable de las fabricaciones diseñadas para proteger meras identidades ficticias.

  

Anónimo judío

Un Viejo Rabí le preguntó a su asamblea de discípulos:

                -¿Cómo sabemos que la noche ha finalizado y el día comienza?

                Tras un momento alguien se aventuró a hablar: -Es ese momento en que los árboles individuales comienzan a destacarse del bosque.

                El viejo rabí negó con su cabeza: -No, no es ese momento.

                -Es ese momento en el que podemos comenzar a distinguir una nube de la bruma de la mañana –dijo otro.

                -No , – dijo el viejo rabi.

                Todos cayeron en un profundo silencio, hasta que alguien finalmente exclamó:

                -Por favor, dinos, rabi, ¿cómo podemos distinguir ese momento en que la noche ha finalizado y el día comienza?

                -Es ese momento en que puedas mirar el rostro de un forastero y reconoces tu rostro original. Hasta entonces, la noche se encuentra entre nosotros, –dijo el rabí finalmente.

Rabí Alessandro de Viterbo. Pardés Bináh. 1832

Se puede muy bien estar con los ojos abiertos y permanecer dormido, dormido para las cosas esenciales. Y al revés: podemos tener los párpados entornados y parecer dormidos para lo habitual y habitar, sin embargo, varios mundos a la vez. La característica más común de este singular modo de estar despierto consiste en que todo se ve como aureolado por un significado más profundo. Por ejemplo, al contemplar un objeto percibimos las manos que lo han hecho, la historia de la materia que lo organiza, su uso y destino, las relaciones de contigüidad y valor que tiene con las demás cosas que lo rodean. De modo que lo que es válido para una mesa o un libro es todavía más extraordinario cuando se trata de un ser humano. Eso se llama ver lo semejante en lo diferente, y en cada concavidad la invisible convexidad que la envuelve.

 

Platón de Atenas (428-347 a.c.)

En el libro VII de “República”, Platón presenta su mito más importante y conocido, el mito de la caverna. Platón dice expresamente que el mito quiere ser una metáfora de nuestra naturaleza.

 Nos pide Platón imaginar que nosotros somos como unos prisioneros que habitan una caverna subterránea. Estos prisioneros desde niños están encadenados e inmóviles de tal modo que sólo pueden mirar y ver el fondo de la estancia. Detrás de ellos y en un plano más elevado hay un fuego que la ilumina; entre el fuego y los prisioneros hay un camino más alto al borde del cual se encuentra una pared o tabique, como el biombo que los titiriteros levantan delante del público para mostrar, por encima de él, los muñecos. Por el camino desfilan unos individuos, algunos de los cuales hablan, portando unas esculturas que representan distintos objetos (animales, árboles, objetos artificiales…). Dado que entre los individuos que pasean por el camino y los prisioneros se encuentra la pared, sobre el fondo sólo se proyectan las sombras de los objetos portados por dichos individuos. En esta situación los prisioneros creerían que las sombras que ven y el eco de las voces que oyen son la realidad.

Señala Platón que el prisionero liberado va poco a poco descubriendo niveles de realidad cada vez más auténticos: primero miraría los objetos del interior de la caverna y la luz del fuego presente en ella, después saldría al exterior de la caverna y vería primero las sombras de los objetos, después los reflejos de los objetos en el agua  y luego los objetos mismos. Finalmente percibiría el Sol, concluyendo que es lo que produce las estaciones y los años, gobierna todo el ámbito visible y que de algún modo es causa de las cosas que ellos habían visto. Al recordar su antigua morada, la sabiduría allí existente y a sus compa­ñeros de cautiverio, se sentiría feliz y los compadecería; esa vida le parecería insoportable. Pero a pesar de todo, regresaría al mundo subterráneo y aunque pudiera perder la vida en el intento por mostrarse al principio torpe en ese mundo de las sombras y provocar las risas y el desprecio de sus compañeros, bajaría para ayudarles en su liberación. 

 

San Juan de la Cruz. Siglo XVI. Coplas

Entreme donde no supe
y quedeme no sabiendo, toda ciencia trascendiendo.

Yo no supe dónde entraba
pero cuando allí me vi
sin saber dónde me estaba
grandes cosas entendí
no diré lo que sentí
que me quedé no sabiendo, toda ciencia trascendiendo.

De paz y de piedad
era la ciencia perfecta,
en profunda soledad
entendida vía recta
era cosa tan secreta
que me quedé balbuciendo, toda ciencia trascendiendo.

 

Hakim Jan   (siglo XX). El Diseño.

Hace casi mil cuatrocientos años había un hombre que vivía en un oasis en el desierto de Arabia. Su peculiaridad es que mantenía como animales domésticos una cabra y un lobo, que vivían junto a él en armonía.

Un viajero cuya ruta le traía periódicamente a través del oasis intimó con él.  Un día le preguntó cómo es que mantenía esos dos animales que eran de naturalezas opuestas.  El hombre le dijo:

                -La cabra nos suministra leche, y el lobo nos protege. Uno trabaja con el otro, porque hay cierta  armonía en el mundo en ciertos lugares.

                Un día el viajero  se estaba aproximando al oasis de nuevo, cuando se horrorizó al ver como el lobo saltaba sobre la cabra y la devoraba.

                Al llegar al lugar, el beduino salió corriendo y exclamó:

                -Un hombre despierto ha muerto y el mundo está ahora dislocado. Hay gentes en esta tierra cuya presencia produce cierto efecto. Ahora veremos catástrofes y desastre, y las cosas no serán lo mismo hasta que los acontecimientos sean enderezados.

 

Ismail Hakki Bursevi. (Bursa, siglo XVII-XVIII)

Todo depende del recuerdo. No se comienza aprendiendo, se comienza recordando. La distancia de la existencia eterna y las dificultades de la vida nos causan el olvido.

Es por esto que la Divinidad nos ha ordenado:

-¡Recuerda!

                                                               

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Los últimos de Al-Andalus

Los últimos de Al-Andalus
Eugeni Casanovas

El reportaje  original fue publicado por el diario catalán LAVANGUARDIA, en su suplemento Revista, en las páginas centrales 10 y 11, el día 12 de noviembre de 2.006.

 
En la sierra del Segura se mantiene el recuerdo de descendientes de moriscos que practicaban costumbres musulmanas
Juan López González se postraba de rodillas mirando al este y tocaba repetidamente con la frente en el suelo. Al sol le llamaba a veces Mahoma. A menudo recitaba unas salmodias incomprensibles con un libro viejísimo en las manos, con tapas negras de madera, que escondía dentro de una talega en una viga. En Semana Santa, cuando por el pueblo desfilaban procesiones, él no probaba ningún alimento mientras hubiese luz natural. Esos días, colocaba un plato vuelto del revés en el umbral de la puerta de su cortijo: Un día que un vecino le preguntó porqué lo hacía, respondió ruborizado que era para que el plato se secase. “Es que estaba muerto de miedo, siempre se escondía y me pedía a mí que no contase nada de lo que le veía hacer -explica hoy su hija Venerada-; él y su hermano salían a rezar al campo, para que nadie les viese”. Antes de comer, inclinaba la cabeza y susurraba una salmodia en la que repetía mucho Alá. Tenía expresiones propias: decía arua jimena (ven aquí) jarria (mierda), quém (perro)… “Es nuestra tradición -me contaba-pero eso no debes decirlo fuera de casa”.

Juan López murió en 1986, cuando Vene, así la llama todo el mundo-contaba 31 años. Ella se fue entonces a trabajar a Francia. En su pueblo, Riópar, inmerso en la Sierra del Segura, se pasaban tiempos de estrechez. La mujer se llevó una sorpresa mayúscula en su lugar de trabajo cuando oyó que un compañero marroquí le decía arua jimena, como su padre. El marroquí le enseñó un Corán y Vene lo asoció inmediatamente con el librote que su padre bajaba con una pértiga de la viga. Llena de curiosidad, buscó el texto en español y comprobó que allí se citaban las uríes, otra palabra de su padre. Vene duda de que su progenitor entendiese gran cosa: “Se ponía las gafas y lo abría, pero yo le preguntaba cosas de él .y no sabía responderlas”.

Vene vive hoy en el cortijo de su padre, llamado Martínez Campos porque, dicen, fue del general. Su progenitor había nacido en él. El padre de él era de Bogarra, un lugar vecino. Su bisabuelo procedía de Las Casicas del Segura, otra aldea cercana. A pesar de éste pedigrí, su padre y su abuelo decían siempre que la familia era “de Granada”, Y cuando precisaban más, de las Alpujarras y de Motril. Sin embargo se trataba de una especie de me memoria ancestral, porque no había constancia de qué antepasados se habían trasladado hasta la Sierra del Segura. Esa memoria también había transportado a través de los siglos el recuerdo de Abén Humeya, “que era nuestro rey, un santo varón, un gran hombre”, en palabras del padre.
Juan López fue quizás el último, pero no el único. Aurelio Amores, que nació en 1918, recuerda que en su juventud los más mayores de Riópar Viejo (el núcleo original del pueblo), donde él vivía, “adoraban al sol” al amanecer. “Se asomaban a los riscos de levante y se hincaban de rodillas y hacían reverencias”, asegura. “No eran pocos; había, al menos, una docena”, y repetían jati mali. Aurelio tiene bien claro porqué los viejos ejecutaban este ritual: “Era su religión, adoraban al sol como nosotros lo hacemos con Jesucristo”. En ningún momento se le ocurre vincular estos actos con el Islam, del que él no tiene noticias. Dos generaciones anteriores a la suya estas prácticas estaban generalizadas en su vallé. “Mis abuelos me contaban que cuando ellos eran jóvenes había muchos viejos que se postraban mirando al levante varias veces al día”, explica.

Riópar está situado en el sur de la provincia de Albacete, tocando a la de Jaén, en un valle cerrado al que sólo puede accederse a través de tres puertos situados entre los 1.100 y los 1.400 metros de altitud, nevados en invierno: “Hasta hace muy poco esto estaba perdido de la mano de Dios”, explica Juan Valero Valdelvira, un empresario de 50 años que tiene una empresa de producción de maderas nobles. “Cuando yo era pequeño aún no había carreteras y la población vivía en cortijos diseminados por el monte; está claro qué aquí no llegó la inquisición y en el momento de la expulsión en 1609 los musulmanes nativos no fueron molestados”.

El padre de Juan Valero era matarife y él le acompañaba por los cortijos de la sierra a hacer su trabajo. “Estuviera donde estuviera la casa siempre situaban la mesa de la matanza encarada al este, con una desviación de cinco grados hacia el sur, exactamente la dirección de La Meca. Yo me di cuenta de eso hace diez años y pregunté a diferentes cortijeros porqué ponían la mesa en esa posición. La respuesta invariable era que siempre había puesto así” .Valero cuenta que las costumbres de su abuelo eran de musulmán, por su austeridad, por su visión de la vida…aunque él mismo no lo sabía. El le llamaba “hermano”, un apelativo que se daba a la gente mayor y respetada, como se hace en árabe. Su abuelo que no se movió nunca del pueblo hablaba siempre con nostalgia de Granada e indicaba el camino por el que se va a la vieja capital nazarí. Él todavía celebraba la vieja costumbre moruna de dar de comer a los animales lo mismo que a las personas un día al año, y para matar una bestia pedía permiso a las alturas. Pensaba, como hoy todos los viejos del valle, que una mujer no puede subir a un árbol cuando menstrúa, porque éste se secará según anuncia el Corán.
Indumentarias características

En las familias de tradición musulmana aún hay recuerdos de la indumentaria característica. Vene había oído en casa que el abuelo de su abuelo llevaba siempre “una bata” encima de los pantalones y la camisa, “una chilaba”. Su abuelo le contaba que iba a trabajar al campo con ella. El último de Riópar en llevar bata fue el llamado tío Sayas por su atuendo. Murió en 1971 y su recuerdo sigue muy vivo. “Dicen que llevaba la saya porque tenia incontinencia urinaria, pero es obvio que él no la había improvisado”; comenta Juan Valero. Su propio bisabuelo llevaba un pañuelo envuelto en la cabeza; “al estilo morisco”.
La madre de Juan Valero, Aurora Valdelvira, todavía sabe anudar el pañuelo de esa manera y tiene recuerdos también de una persona que se arrodillaba y hacía reverencias: “Yo veía hacer eso a un labrador, Lorenzo Castillo Peinado, hará unos sesenta años. Dejaba el tiro del arado a un lado y se agachaba y se levantaba en dirección al Collado de la Rambla, -la dirección de La Meca-. ¿Qué hace éste?, me preguntaba yo”.

Aurora coincide con su hijo en que su suegro “tenía muchas cosas de moro”. Recuerda su petición de mano y su boda, en que los padres del novio adornaron caballerías con colchas de cama y fueron hasta su cortijo, donde se hizo una fiesta con vino azucarado y dulces. A ella le pusieron un delantal y todos le tiraban dinero en él. Cuando murió la hermana de su padre la amortajaron de blanco y le pusieron un ramo de flores en las manos, y la velaron durante toda la noche. Juan Valero explica que casi todas estas costumbres y muchas otras de Riópar se ven reflejadas en el libro de Gerald Brenan “Al sur de Granada”. El escritor inglés vivió en la década de 1920 en un pueblo de Las Alpujarras, Yegen, y describió el carácter y las costumbres de sus gentes.

La cocina es otro elemento muy particular en las familias tradicionales de Riópar. El padre de Vene preparaba cuscus (“él lo llamaba así”), con cordero, patatas, garbanzos Y harina tostada, con un sofrito de cebolla, tomate y perejil. Pero lo que más recuerda son las almujábenas, unos dulces que se hacen en distintos lugares, que su padre enseñó a preparar a su madre -que no compartía sus tradiciones- y que se comían durante la Semana Santa, con harina, huevos, agua y azúcar. Aurora Valdelvira prepara, por su parte, nuégadas, unas bolas hechas con nuez y azúcar tostado.

El padre, cuyo oficio era resinero de monte y apenas salió de Riópar, decía a Vene que los árabes gustaban mucho de los dulces y que los hacían con miel. Luego de muchos años, ella ha vuelto a preparar almujábenas y otra repostería de la que se hacía en su casa, y ha empezado a servirla a sus huéspedes, porque, tiene habitaciones, de turismo rural.

Cuando Juan López y su hermano ayunaban por Semana Santa, hacían un preparado con harina, que comían antes del amanecer y al anochecer, pero Vene no sabe exactamente qué era. En esos días no fumaban ni tomaban vino. Vene explica que una tarta hecha con manteca de cerdo tradicional en Riópar en su casa se hacía siempre con manteca de vaca.“
Mahoma debe estar radiante

Vene tuvo que hacer la comunión como todas los niños del pueblo y su padre se llevó un disgusto; “él jamás entraba en la iglesia”. “Mi madre insistió en que la hiciera porque `”si no, nos iban a señalar”, pero yo fui la única que no fue a la catequesis”. Con el matrimonio, muerto ya Franco, ya no tuvieron reparos. “Yo no me casé por Iglesia: mi padre no quería”, explica. Aunque sí tuvo una pequeña ceremonia casera: Su progenitor hizo unas señas con la mano delante de ella y le dijo: “Salte de la casa y echa el pie derecho hacia delante, y ya serás para él el resto de la vida”. Antes le había a advertido: “No te has de casar un día de lluvia o nublado, tiene que estar el cielo claro; Mahoma debe estar radiante”.

Juan López explicaba a su hija que su identidad era postiza. “Nosotros venimos de la raza de los Caravavantes y de los Navalón; perdimos el nombre y nos pusieron otro”. En este sentido, Juan Valero tiene muy claro de dónde vienen muchos de los apellidos del valle y la trayectoria que han seguido. “Mi segundo apellido, Valdelvira, es bab elvira (puerta bella) -es famosa la de Granada-, y los que se llamaban así jamás fueron bautizados, lo mismo que los Banegas a los Alarcón, es decir, nunca hicieron la conversión oficial al cristianismo, y eso se sabe en las familias”. En Riópar se han conservado también algunos términos árabes particulares –Valero ha recogido más de 200- como aljuma (hoja de pino) y estar en fárfaras (sin vigor).

Un tonillo característico

El pueblo murciano de Albudeite es quizás el único lugar del antiguo Al Andalus donde ha permanecido el acento propio de los árabes. Sus habitantes conservan una cantinela peculiar que llaman tonillo y, además, no usan el pretérito indefinido (no dicen, por ejemplo, “he estado ”sino “estuve”), un tiempo verbal inexistente en la lengua árabe de sus antepasados. El alcalde la población, Joaquín Martínez, explica que en la tradición local se ha conservado que “vienen de moros” y, por supuesto, en los pueblos vecinos se han encargado de recordárselo con motes y chirigotas, en los cuales siempre figura el mismo gentilicio: moro. La memoria popular vino a confirmarse cuando el historiador Juan González Castaño dio con un documento que probaba que Albudeite fue respetado en la expulsión general de los moriscos. “No se sabe por qué razón, pero la cuestión es que aquí se quedó el pueblo entero”, explica el estudioso, que especifica que esto no sucedió en ningún otro lugar de la Península.

Murcia fue el último lugar en expulsar a sus moriscos. La conquista se había producido en 1.252 y los descendientes de musulmanes estaban muy asimilados. Ello hizo que desde los estamentos del reino se mandaran súplicas a Felipe II para que les permitiera quedarse, porque la mayoría eran católicos practicantes y tenían buena vecindad con los llamados cristianos viejos. Por esta razón, la expulsión general de 1.609 y 1.610 los respetó, pero el rey, presionado por una parte de los intransigentes del Consejo Real y, de otra, por los defensores de los moriscos, mandó en 1.612 a un dominico (la orden de la Inquisición), Juan de Pereda, para que informara sobre la conducta de los descendientes de musulmanes. El fraile recorrió durante dos meses muchos de los pueblos donde había mudéjares y entrevistó a centenares de personas. Comenzó en el Valle de Ricote (1), poblado casi enteramente por antiguos musulmanes (Cervantes llama, justamente, Ricote al morisco que aparece en el Quijote), y siguió el curso del Segura hasta Murcia. El dominico contabiliza que en Albudeite había 312 mudéjares y sólo seis cristianos viejos. El fraile señala tonillo en los habitantes de Priego –“donde hay 935 mudéjares y 59 cristianos viejos”-, Fortuna –“684 mudéjares y 54 cristianos viejos”-; “en este lugar se conoce algo más el tonillo de moriscos y también retienen el modo de llorar a los muertos” (otro signo musulmán) y en el Valle de Ricote encuentra el tonillo en todos los pueblos. Concretamente en Ricote y en Ojós “dicese desta gente que tienen más tonillo que otros y que en el comer tocino se excusan más que en otras partes”. A pesar de estas reminiscencias, el dominico concluyó que “a mi parecer hay bastantisimo testimonio para darlos por buenos cristianos y fieles vasallos de Su Majestad”. Con todo, los moriscos murcianos fueron expulsados a principios de 1.614. Juan González Castaño, que ha publicado el informe de Juan de Pereda explica que “muchos se quedaron camuflados; otros, protegidos por señores y convecinos; otros profesando en conventos deprisa y corriendo…y otros volvieron al cabo del tiempo y reclamaron sus tierras y demás posesiones”. Una mayoría se refugió en el reino de Valencia y luego regresaron a Murcia, donde un informe de agosto de 1.615 explicaba que “hay tantos que parece que no se ha hecho la expulsión”. Esto fue general en todos los reinos peninsulares, donde, sumados a los convertidos de antiguo, se quedaron muchos más de los que se fueron. En lugares como las Alpujarras, Gerald Brenan constató que a principios del siglo XX conservaban muchas de sus viejas tradiciones.

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Judios secretos en Catalunya. Eugeni Casanova

“JUDIOS SECRETOS EN CATALUNYA”

 Eugeni Casanova

 


Sobrevivientes a la Inquisición se reúnen en Catalunya. Piden al Gran Rabinato el derecho a pertenecer al pueblo de Israel.


El venerable rabino Boaron no daba crédito a lo que veían sus ojos. Francesc Bellido de Sant Feliu desplegaba con primor un talit que su madre le había tejido cuando era un niño, 60 años atrás, para que siguiera los preceptos de su religión secreta. Blanco con franjas azules
en sus extremos, el manto de oración judaico no se diferenciaba en nada del que su propia madre le había legado a él o a millones de judíos en todo el mundo. Lo extraordinario era que Bellido había nacido y crecido en Cirat, en el abrupto interior de Castellón, en una tierra donde oficialmente los judíos se habían acabado cinco siglos atrás, cuando los Reyes Católicos les dieron a escoger entre el exilio o la conversión.


Boaron, la mano derecha del Gran Rabino de Israel, estuvo con una delegación religiosa en Barcelona el 31 de marzo y el 1 de abril (el 2 visitaron la antigua judería de Girona) para escuchar los casos de decenas de descendientes de conversos de la península Ibérica que
reclaman el derecho a pertenecer al pueblo de Israel. Lo que resultó más extraordinario a la comisión es que la mayoría de estas personas han conservado no sólo la memoria, sino también rituales y tradiciones de sus antepasados israelitas.


Bellido recitó oraciones en hebreo que su madre le había enseñado, explicó que encendía las velas del Sábado, que le instruyó en el cumplimiento de los preceptos e incluso le recitaba algún viejo proverbio: “De Sefarad (Hispania) soy un jayao (soldado)/ fablo el safá
(idioma) castellano/ como el más puro villano/ que nunca cató el jalá (pan sabático)”. En su casa de Cirat (en el Alto Mijares valenciano, de lengua castellana), Bellido recuerda una mezuza, la cápsula con oraciones que todos los hogares judíos ponen en el dintel de la puerta. Sin embargo, ellos la tenían en el interior, ya en el recibidor, y cubierta con yeso. Otros objetos rituales, como la menorá,el candelabro de siete brazos, estaban escondidos en un armario.

El caso de Bellido se repite en todo el territorio ibérico, donde muchas familias han conservado a través de las generaciones rasgos judaicos y, en algunos casos, los preceptos al completo. Es imposible dar cifras, porque continúan escondidos, pero las personas que se reclaman descendientes de israelitas son varios miles. “En todas partes, en las
52 provincias españolas, hay judíos secretos, pero España sigue siendo un país muy antisemita y todavía no nos sentimos seguros”, dice un valenciano que prefiere que su nombre no aparezca.

La pervivencia del judaísmo está documentada en España y Portugal hasta finales del siglo XVIII, 300 años después del decreto de los Reyes Católicos. Los archivos de la Inquisición revelan decenas de miles de casos de herejía hasta esas fechas. Los historiadores aseguran que más de la mitad de los judíos evitó el exilio convirtiéndose al cristianismo, pero la mayoría también siguió practicando clandestinamente la religión de sus padres. Así nacieron los
criptojudíos, que fueron llamados también marranos, un nombre que se conserva muy vivo en muchas familias portuguesas.

 

Cuando el tribunal capturaba a un hereje acusado de judaizar, inmediatamente caían parientes y amigos de distintos puntos de España y Portugal, porque durante siglos los criptojudíos mantuvieron una red de contactos que les permitía ayudarse, reunirse para las fiestas y pactar
matrimonios, sin los cuales la tradición hubiera desaparecido. Los judaizantes desaparecen de los archivos justamente cuando el Santo Oficio que los perseguía se modera, a finales del XVIII, y, finalmente, es abolido a principios del XIX.

 

Un jamón por estrenar

 

La también valenciana Marina de Paz Peris cuenta cómo sus abuelos paternos encendían en el pueblo gallego de Rivadavia las velas sabáticas dentro de un puchero para que sus vecinos no las percibieran y que de niña descubrió en su desván libros escondidos escritos “con casitas”,
que más tarde supo que era el alfabeto hebreo. Su abuela materna guardaba las apariencias culinarias para evitar ser descubierta. La Inquisición procesó a muchísimos sospechosos por cocinar con aceite vegetal o por no consumir cerdo. “Yo siempre vi un jamón en la despensa
– cuenta Marina-, que debía ser heredado, porque llevaba años ahí, para que los vecinos lo vieran”.


La abuela regalaba los conejos que criaba (prohibidos por la ley rabínica) a los vecinos; “en cambio, pollos no regalaba ni uno”. La familia de Marina de Paz tuvo que hacer equilibrios durante el largo franquismo para ocultar su verdadera religión. Cuando en algún acto
social rechazaban el cerdo, alegaban que engordaba, y decían que el marisco les producía trastornos. Cuando les invitaban a una boda llegaban siempre al final de la misa, “con la excusa de la modista o de un zapato roto”, porque tenían reparos para entrar en la iglesia.

La familia se las arregló también para tener una parcela en el cementerio sin una sola cruz, donde también enterraban a ateos y suicidas. Cuando en 1948 se fundó el Estado de Israel, 37 de sus primos emigraron en masa protagonizando una aliyá (retorno) increíble para el
mundo, porque teóricamente los judíos se habían acabado en Sefarad hacía siglos.

Marina, que tiene 55 años, todavía conoció la red clandestina que unía a los judíos ibéricos. Cuando cumplió 18 años, sus padres le llevaron a casa algunos jóvenes para que se casara dentro del grupo. “Era una especie de servicio secreto criptojudío. Había alcahuetas que ponían en contacto a la gente, y a mí me trajeron chicos de Córdoba, de Navarra  y de la misma Valencia, y alguno centroeuropeo, de familias que se relacionaban con mis padres”, cuenta.


La comisión rabínica escuchó también a representantes lusos. En Portugal – donde los judíos fueron convertidos a la fuerza, sin la posibilidad de exiliarse- se han mantenido algunas comunidades perfectamente constituidas, y durante las décadas de 1920 y 1930 hubo un importante movimiento, la Obra do Resgate, que llevó a muchos marranos a la sinagoga y creó escuelas para los niños.


Otro colectivo que explicó su caso a los rabinos fue el de los chuetas, los mallorquines portadores de 15 apellidos, descendientes de los últimos conversos represaliados por la Inquisición a finales del siglo XVII, que estuvieron estigmatizados hasta hace muy poco, porque vivían agrupados en el viejo call de s´Argenteria de Palma. Tras Barcelona, la comisión israelí viajó a Mallorca y a Oporto. El rabino Boaron se declaró impresionado por los testimonios que había escuchado y reconoció a Sefarad como tierra de judíos. Según sus palabras, existe una buena disposición del Gran Rabinato para que los bnei anusim (los hijos de losforzados) regresen al pueblo de Israel con todos los honores.

 

Eugeni Casanova es autor del libro “Els jueus amagats. Supervivents de la
Inquisició a la Sefarad del segle XXI” (Columna, 2005).

 

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Leyendas, itinerarios de viajes, profecías sobre la destrucción de España y otros relatos moriscos

 

Manuscrito Misceláneo 774 de la Biblioteca Nacional de Paris

Leyendas, itinerarios de viajes, profecías sobre la destrucción de España y otros relatos moriscos.

                                                   

Manuscrito aljamiado procedente de Aragón  f.304v

 

Diso el mensajero de Allah, salla Allahu alayhi wa sallam (bendígale Dios y le de paz):

-Aún se detallará la al jihad de poniente, sino será de una isla ke le dizen Andaluzia,  ¡por akel ke mi persona es en su poder! ke mantener frontera una noche en ella es más aventajado ke un mártir refregándose en su sangre en fi sabil Allah (en el camino de Dios)

Diso Banu Sihab:

-Durmyó el mensajero de Allah Muhammad, salla Allahu alayhi wa sallam (bendígale Dios y le de paz), i diso: ¡por akel ke mi persona es en su poder!, mi hermano Jibril me a fecho a saber, y yo durmiendo, ke sería konkistada  enpués de mi una isla ke  le dizen Andaluzia, ke el vivo es bien aventurado y el muerto es mártir.  Aún vendrá el dia del juicio kon setenta y dos señas (enstandarte) ; debaso de kada seña setenta y dos mil (humanos) ke son feridos sin espada ni lansa.

Diso Omar Banu Alhattab (segundo califa), radiya Allah ‘anhu (apiádese  Dios de él):

-¿Y kién son estos mártires?

Diso el annabi (Profeta)  Muhammad, salla Allahu alayhi wa sallam (bendígale Dios y le de paz):

-Akellos son los algaribos (extranjeros) de mi al-umma (comunidad de creyentes), akellos son los habitadores de los confines de la tierra; ke, por akel ke mi persona es en su poder! mantener frontera una noche en las guerras (Jihad mayor, la lucha contra el ego) de los muslimes, es más amado a mi ke la noche de laylatu al Qadri (noche del destino y del poder).

Diso el mensajero de Allah, salla Allahu alayhi wa sallam (bendígale Dios y le de paz), ke la isla de la Andaluzia es un plano de los planos de al janna (el paraíso), y diseron un grupo de su asamblea:

-¡Ya mi señor!, ponnos participantes kon ellos en el bien.

Diso el mensajero de Allah, salla Allahu alayhi wa sallam (bendígale Dios y le de paz):

-¿Kómo habréis parte de su galardón, pues ke no participais kon ellos en los trabajos y espantos?

I fizome a saber a mi Jibril, alayhi wa salam (con él sea la paz), ke enkanecerán las gentes en ella antes de su tiempo, de las grandes sinrazones ke les farán los enemigos, y komerán los granos no sazonados.

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Sobre la diáspora y la ocultación moriscas dentro de su patria. Hechos y recuerdos por vía verbal.

Rodolfo Gil Benumeya Grimau

                   

  “Ahora es mi intención, Sancho, sacar el tesoro que dejé enterrado, que por estar  fuera del pueblo, lo podré hacer sin peligro, y escribir o pasar desde Valencia a mi hija y a mi mujer, que sé que están en Argel y dar traza como traerlas”.Esto dice el morisco Ricote a Sancho Panza, su amigo y vecino de aldea, en la 2ª Parte del Quijote de Cervantes. Ya pasó la expulsión y ahora es el regreso subrepticio de algunos moriscos a su patria; tal vez no a los mismos lugares de procedencia, pero sí a España[i][i]

Ricote hace el viaje disfrazado de alemán, entre otros peregrinos tedescos -o franchotes, como dice Sancho- y cuenta que de África, a donde fue a parar con la expulsión, pasó a Francia, de ahí a Italia, luego a Alemania y de aquí a España . Ricote argumenta:  y son muchos, que saben la lengua como yo, se vuelven a ella, y dejan allá sus mujeres y sus hijos desamparados, tal es el amor que la tienen; y agora conozco y experimento lo que suele decirse: que es dulce el amor de la patria

Tanto los que regresan, sea cual sea su número, su disfraz y su procedencia, como los que de una forma u otra, probablemente contando con alguna complicidad de sus convecinos y de sus protectores, permanecen, lo hacen a partir del siglo XVII en una casi absoluta ocultación, en ocasiones como miembros de la propia Iglesia. Una clandestinidad no tan completa, sin embargo, que no queden de su existencia, presencia y manifestaciones, huellas aunque sean en forma de recuerdo oral, de tradiciones familiares y de señas o guiños, hábitos y posturas.

Es por eso que todo lo que voy a relacionar a continuación son referencias en su mayor parte orales, contrastadas muchas de ellas por la personalidad y los nombres de quienes me las hicieron llegar o participaron en ellas, vistas en primera persona algunas, de usanza conocida entre las líneas familiares de carácter morisco otras.

Galdós, en Aita Tettauen, en plena mitad del siglo XIX, nos pinta la semejanza y el parentesco del ‘moro’ y del hispano en medio de la guerra que los enfrenta[ii][ii]. Los protagonistas son parientes muy próximos entre sí, uno musulmán convertido y el otro católico, pero es el católico el que argumenta: “(…) Yo he visto el parentesco muy cerca de mí. Mi segunda mujer, alpujarreña, me tenía siempre la casa llena de sahumerios, y sabía poner el alcuzcuz. Contábame que su madre se pintaba de amarillo las uñas, y que su padre se sentaba siempre en el suelo con las piernas cruzadas. Era mi señora suegra mujer humilde, y, según me contaron, no se incomodaba porque su marido, mi señor suegro, se regalase con otras dos mujeres de añadidura.”

A este respecto, el de Las Alpujarras, quiero referir que yo hice mi primer viaje a esta región en la década de mil novecientos sesenta, invitado a pasar unos días de verano cerca de Fiñana, en un cortijo o finca llamado o conocido localmente por La Venta Ratonera. Mi huésped era Ángel Pastor, compañero de la Universidad Complutense, junto con su madre y sus hermanas; personas de exquisita educación tradicional, bastante católica al parecer, que rezaban todas las tardes en una capilla adjunta que tenía el edificio.

La villa de Fiñana, situada en la zona oriental, se sublevó en el alzamiento morisco granadino del rey Muhammad Ibn Ummayya, antes Fernando de Válor, marqués de Muley, contra Felipe II. En  la época en que yo la visité aun quedaban señales de  contienda y como yo preguntase que a qué se debían me contestaron simplemente: “a la guerra”. Pensé que podían ser huellas de la guerra civil de 1936-39, pero me replicaron que no, “la guerra, la de los moriscos”. La guerra por antonomasia en la memoria colectiva. Esto mismo me confirmó Juan Aparicio, periodista muy conocido del franquismo que había ocupado y ocupaba altos cargos en el régimen. Él era de Fiñana o vivía en esta localidad durante los veranos y, al ir yo a visitarlo porque había entre su persona y mi padre una relación profesional bastante intensa, desde su óptica falangista me dijo lo mismo: la única guerra que contaba todavía en esa zona era la morisca de finales del XVII.

En La Venta Ratonera trabajaban dos mujeres que atendían a la casa y a la cocina. Trabajaban también algunos hombres. Según me dijo Ángel Pastor, las mujeres no eran de Fiñana sino de otros pueblos de los alrededores; no sé si los hombres igualmente. De todas formas, de las mujeres me dijo Ángel de manera explícita: “son moras” Luego me precisó que, en esa parte de Las Alpujarras, unos pueblos eran cristianos y otros “moros”. Se diferenciaban en algunas costumbres, los llamados “moros” eran de sociedades mucho más cerradas, endogámicas. Tenían tradiciones particulares, como el rapto de la novia, según la cual el hombre debía raptar a la mujer y llevársela al campo de noche, lo que obligaba al hecho del matrimonio y borraba cualquier impedimento; lo cual, incluso, circunscribía al circulo social del pueblo la aproximación a la fémina y el asalto del varón sin muchas posibilidades para un forastero. Ángel suponía que el casamiento se efectuaba por lo que entonces era lo legal e indefectible, o sea el enlace eclesiástico-civil, pero no sabía si se daba otro tipo de contrato o ceremonia paralela.

En lo que sí insistió varias veces fue en la personalidad tupida de las comunidades de estos pueblos, que procuraban tener una autarquía pública administrativa, por decirlo de algún modo, hasta el punto -que para él era pintoresco- de buscar un párroco que fuera originario del vecindario y unos guardias civiles que también lo fueran o que procedieran de pueblos similares. Me dio el nombre de una población en la que tanto el cabo como los números de la Benemérita eran del lugar.

Desgraciadamente, en aquel momento no tomé los nombres de los términos ni ahora me atrevo a aventurar sobre el mapa cuales pudieran ser. Esto venía a corroborar, por entonces, la idiosincrasia peculiar de algunas partes de las zonas alpujarreñas, siguiendo las afirmaciones de José María Cordero Torres, el conocido africanista[iii][iii], natural de Almería, de que durante la Guerra de Liberación de Argelia, varios alpujarreños habían luchado en las filas del FLN, antes llamado Ğayš Al.lah -Ejército de Dios- y de que había matrimonios mixtos de una orilla a otra a favor de la vendimia y recogida de cosechas, producto del trasvase mutuo de trabajadores temporeros y de los contactos regulares, pesca y contrabando. Según Cordero Torres, que se interesaba mucho por el fenómeno, un alcalde contemporáneo de una villa alpujarrense era un argelino musulmán.

Cordero, no sin cierta ironía andaluza, aun dentro de su decidida adscripción al régimen y a los supuestos franquistas, comentaba con alguna asiduidad que Franco no se atrevió a entrar en Las Alpujarras durante una de sus escasas visitas a Andalucía porque sus servicios de vigilancia le habían advertido que la zona no era segura; lo que parecía venir confirmado por la existencia anterior o coetánea de unos maquis barbudos que luchaban o asaltaban tocados con turbantes, al estilo de los antiguos monfíes.       

 De entre las cosas que este africanista del régimen contó en los Institutos de Estudios Africanos y Estudios Políticos, que mi padre me relató a su vez o que yo le escuché directamente, fue un hallazgo de libros escritos en árabe, entre ellos algún Corán y tal vez unos misceláneos aljamiados, que fue trasladado a Almería y expuesto en la Diputación, de donde desapareció presumiéndose con bastante fundamento que fue robado por gente del pueblo de donde procedía para ser devuelto allí y ocultado. Desconozco la continuación del episodio.

Estando en Tetuán, durante mi etapa de director del Centro Cultural Español del MAE[iv][iv], luego Instituto Cervantes, recibí entre 1991 y 1993, la visita en mi despacho de unas señoras andaluzas, madre e hija, alpujarreñas ambas, que necesitaban resolver algún asunto. Como me dijeron que se llamaban Muley Abdelá de apellido y yo tal vez manifestase cierto asombro porque aseguraban que este nombre no tenía origen marroquí, igual que ha ocurrido con algunos apellidos de españoles a partir de 1900 y 1939, me mostraron sus pasaportes y me contaron que eran descendientes de moriscos y que el apellido había dado las variantes de Muley, Abdelá y Delá, según creo.

Lamento no haber tenido la reacción necesaria porque después he comprendido que, probablemente, eran del tronco de Mawlay ‘Abd Al.lah, hermano menor de Muhammad Ibn Ummayya, cuyo nombre a lo cristiano fue Luis de Válor. Como es sabido Mawlay=Muley, “mi señor”, es tratamiento para los descendientes de familias reales en el occidente islámico.

En el espléndido valle de Lecrín -al-Iqlim, “la región” por excelencia- entre Granada y Las Alpujarras propiamente dichas, tuvieron los nazaríes sus propiedades más apreciadas, igual que los omeyas granadinos las tenían en Las Alpujarras, y ahí es fama que fueron enterrados. Pues bien, también es notorio entre muchas gentes de este valle y sus entornos que esas tumbas están aparentemente perdidas, porque las lápidas fueron levantadas o arrancadas por las autoridades y sobre todo por la Iglesia, en tiempos siempre posteriores al siglo XVII, dado el riesgo de que se transformaran en lugares reverenciados por la gente de la tierra, lugares de recuerdo y de reivindicaciones. Esto mismo me dijeron, debo decir que con sentimiento, gentes de Padul, de Pitres y Dúrcal,  en las varias veces que estuve en Lecrín en los años inmediatamente anteriores a 1990-91. aproximadamente.

“Cèst vrai que je ne suis pas marocain. Mais je suis musulman (…). Je suis avant tout andalous. C’est à dire arabe et je travaille pour l’Espagne parce que mon pays y forme maintenant partie, avec l’espoir de faire renaître l’Espagne arabe”. Esto escribe en una carta un morisco español en 1933. Se trata de una carta a máquina, fechada el 7 de julio de ese año, de Rodolfo Gil Benumeya, mi padre, a Ahmed Balafrej, conocido jefe y combatiente político marroquí perteneciente al partido del Istiqlal, que una vez alcanzada la independencia de Marruecos fue ministro y primer ministro. La carta se refiere a la política francesa y a la española, y a la actitud de los jefes nacionalistas sureños respecto a ellas; lo que no es de este lugar.

Por cierto que el apellido Balafrej es morisco, procedente de Palafresa, uno de de los dirigentes de los emigrados de Hornachos a su establecimiento de Salé la Nueva, o sea a Rabat. La firma de Palafresa aparece en varios documentos de la nueva república corsaria marroquí de los hornacheros y andaluces estudiada por Guillermo Gozalbes.

Un escrito del influyente y activo personaje que fue el Emir Chequib Arslan, en los años mil novecientos treinta, como difusor del renacer árabe e impulsor viajero de muchas cosas, escrito dirigido al dirigente nacionalista del norte de Marruecos Abdeljalak Torres, habla igualmente del morisco Rodolfo Gil Benumeya; texto que ya ha sido reproducido en obras de Tayeb Bennuna y de Sidi Muhammad Ibn ‘Azzuz Hakim. El origen de esta rama de los Benumeya -Ibn Ummayya- proviene también de Mawlay ‘Abd Al.lah el Valorí.

Mi padre en su juventud se movía mucho entre Marruecos y España, como antes lo había hecho con Túnez. Junto con esto, participaba de las ideas y actividades de Blas Infante, el ideólogo de la nueva Andalucía, a quien respetaba y apreciaba, si bien es cierto que después de la guerra civil manifestara en algún libro su desacuerdo con la postura, indecisa según él, que llevaría al pensador a la muerte. En ese entorno se movía algún otro morisco andaluz, como G. Izquierdo, Ben Kutayr, que escribió durante 1928 una serie de artículos sobre ‘tradiciones de la algarabía’ en la revista La Raza, de Madrid.

No estoy seguro si era a Izquierdo o a algún otro morisco a quien pertenecía una casa de dos o tres pisos, en la calle Lope de Rueda de Madrid, esquina a Menorca o a Dr. Castelo, en donde encima de la puerta de entrada estaba grabado en letra occidental árabe el lema Al.lahu qalby -Dios es mi corazón- que fue la consigna de los monfíes durante la guerra de Las Alpujarras y que está en relación con el qalby ´arabi de la canción medieval y con los posibles signos secretos de reconocimiento moriscos[v][v] Yo he pasado por delante de ese portal, que ya no existe, durante años porque estaba casi en un punto de intersección entre mi casa y mi colegio.

Al cabo del tiempo, conocí en Casablanca a la hija del Sr.Izquierdo, casada con el entonces director de la Fosforera Marroquí, una de las más antiguas empresas hispano-marroquíes en todo el país. Le pregunté sobre el morisquismo de su progenitor e implícitamente por el suyo, que me confirmó, y estuvimos hablando de los recuerdos al respecto que habíamos heredado de nuestros mayores.

En uno de sus viajes a Marruecos mi padre se desplazó a la residencia de Thami El Glaui en el Atlas y lo entrevistó. El Glaui era por entonces el jefe efectivo de los bereberes del Atlas, bacha de Marrakesh y en apariencia el más firme sostén de los franceses en su Protectorado[vi][vi]. Entrevistarlo no era fácil. La ayuda para hacerlo le vino a mi padre a través de un morisco español que era el ingeniero eléctrico de El Glaoui para todas sus posesiones. Vivía desde hacía años en Casablanca y estaba plenamente identificado con el país, aunque, como siempre parece haber sido el caso de los moriscos, incluso de los ‘de ida y vuelta’ en un sentido y otro, como éste, la tierra propia la tenía bien agarrada por la nostalgia y el deseo de libertad religiosa del que, por lo visto, hablaba siempre.

El hecho de que las autoridades civiles y eclesiásticas, luego de la conquista de Granada, utilizaran los servicios de técnicos y artesanos moriscos para sus edificaciones y para la fabricación de múltiples objetos, dio vía a que se produjeran penetraciones de elementos puramente islámicos en productos a veces emblemáticos del cristianismo católico. Cabe suponer que, en algunos o bastantes casos, esas incursiones fueran deliberadas, formando parte de la resistencia del morisco contra el medio que trataba de anular su cultura. Y si nos fijamos en adornos, arabescos y entrelazados de cosas y paneles de estilo digamos que mudéjar hasta épocas bien avanzadas, vemos el resultado de tales irrupciones, unas veces sin duda voluntarias y otras no.

Recuerdo la sorpresa que tuve, siendo estudiante, al visitar el tesoro de la catedral de Granada. Muchos objetos tenían frases y palabras en árabe. Pero sobre todo me fijé en uno de ellos, que el guía mostraba con orgullo como ejemplo del arte menor mudéjar del XVII. Era un sagrario taraceado de importantes dimensiones y bella composición. Sólo que en ésta, no recuerdo si en la tapa o en los lados llevaba escrito dentro de la filigrana: La ilaha il.la Al.lah wa Muhammad rasulu Al.lah[vii][vii]  con la suficiente claridad como para que alguien que conociera el árabe pudiera leerlo.   

¡Cuántas muestras más de este tipo debe haber en muchas regiones, museos y colecciones españolas!

La propia revista Al-Andalus de tan grata memoria y eficacia, fundada por el sacerdote arabista Miguel Asín Palacios, mostró a lo largo de toda su existencia una portada, que fue su divisa en verde, con unas torres disimilares que encerraban un dibujo en supuesto cúfico. El dibujo, a lo vertical, muestra una cara que aparentemente se refleja en su paralela, lo que no es verdad porque la de la izquierda contiene la frase La ilaha il.la Al.lah wa Muhammad rasulu Al.lah, y  la derecha no; de aquí la disimilitud. Esta especie de acróstico ilustra lo que quiero decir acerca de las claves y señas ocultas que los moriscos debieron usar y de hecho usaron para manifestarse y reconocerse. En una intervención dentro del Encuentro La política y los moriscos en la época de los Austria[viii][viii] hablo del posible significado que representa la mano izquierda abierta de determinada manera sobre el corazón, que aparece en muchos cuadros de El Greco y que significaría el Nombre de Dios en árabe, Al.lah[ix][ix]. Después de haber adelantado esta hipótesis aventurada, al presentar las Actas del Encuentro en Túnez dos tunecinos de origen morisco me comentaron animadamente que sabían de este signo por tradición familiar, y fue uno de ellos el que lo relacionó con el qalby ´arabi que decía más arriba. Más tarde, en Marruecos, el Dr. Outmani de los Archivos Reales me habló de los mismo.

La ocultación de la línea morisca en la Península Ibérica[x][x] ha sido un hecho que ha pasado tan desapercibido, y seguramente mucho más descuidado, que el de la ocultación judía de los conversos. Julio Caro Baroja manifestó en varias ocasiones, algunas de ellas a mi padre, que poseía un amplio fichero sobre líneas de conversos y judaizantes en España hasta épocas muy recientes. El caso del pueblo de Belmonte y aledaños, en Portugal, que siguieron siendo judíos ocultos hasta el siglo XX, cuando volvieron públicamente al mosaismo, es un ejemplo notable pero probablemente no único. Yo he conocido de estudiante universitario tres casos de judaizantes de Méntrida. Y me acuerdo que, en Rabat, el sefardí tangerino Alberto Pimienta me contó como él y un amigo suyo conocieron a una familia judaizante en Toledo, que guardaba el šabat y otras costumbres. Pues bien, lo mismo o parecido ha venido sucediendo con el fenómeno morisco en la diáspora interior, sólo que seguramente de modo más disperso o contagiado por las relaciones dialécticas con la costa norteafricana y las guerras hispano-marroquíes.

Recuerdo que respecto a la ocultación morisca, simultánea con la transmisión de una herencia islámica, dos personas muy diferentes, en tiempos muy dispares, pero ambas nacidas en la región de Valencia, me refirieron hechos de ese entronque. La primera persona fue una compañera ocasional de bachillerato, a la que luego encontré regularmente en la carrera y en el Ateneo de Madrid. Terminó sincerándose  conmigo al decirme que tanto su familia como ella eran musulmanes por tradición, aunque sabían poco del Islam y guardaban muy discretamente su procedencia. La segunda persona ha sido una colaboradora mía en el Instituto Cervantes en Lisboa. No me ha dicho que fuera musulmana, pero sí que conocía el dato de que algunas familias de las sierras cercanas a Valencia transmitían el ‘secreto’ de su filiación morisca a un sólo miembro de cada generación. Las familias no querían que se difundiera el hecho pero tampoco querían que se perdiera.

Entre 1989 y 1992 Granada y Tetuán se hermanaron como ciudades, la Junta de Andalucía comenzó sus intervenciones arquitectónicas en el norte de Marruecos y la ciudad de Almuñecar organizó varios Encuentros de tipo árabe. Con motivo de todo esto hubo un cierto flujo mutuo de responsables políticos, personalidades culturales o sociales y arquitectos de un lado a otro. En dos de esos viajes coincidimos varias personas en un bar gitano del Albayzín y en una cafetería de la Carrera del Darro, los dos frente a La Alhambra. Como se hablase tanto en español como en árabe, el propietario del bar se dio a conocer como musulmán, pero no convertido recientemente, sino de antes, de familia. Lo mismo ocurrió con el encargado o dueño de la cafetería, igualmente gitano, que insistió en esto último a raíz de una pequeña discusión que se había producido. Entre las personas asistentes a una u otra de las veces estaban la Dra. Erzini, el cardiólogo Sr. Da’ud, el entonces concejal de cultura Sr. Muhammad Agzul, todos tetuaníes, y algún arquitecto granadino. 

Esto último, el Islam morisco mezclado con la cultura gitana, ya aparece en los escritores clásicos españoles; por ejemplo, en el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán, como es sabido. Y hasta cierto punto, aunque no dentro de la cultura gitana pero sí entre los grupos semi-nómadas de la geografía peninsular que tienen mucho de esa cultura, en la atribución que a veces se hace a los mercheros o ‘quinquis’ de tener un origen morisco oculto precisamente por su acotación de la sociedad oficial y su semi-nomadismo. Puede ser que sí o que no, pero es cierto que, en estas difíciles Hispanias, la ocultación era o es la esencia de la personalidad individual o colectiva de un individuo o de un reducido grupo que quiere subsistir con sus características propias.

 


[i][i] ver Regreso de los moriscos a casa. Residuos de morisquismo y visión de este fenómeno en los Quijotes de Cervantes y Avellaneda. En Undécimo Simposio sobre Presencia y vida cotidiana morisca en el Mediterráneo y la América Latina. Fondation Temimi, Zaghouan, 7-11 mayo 2003.

[ii][ii] ver mi libro La frontera sur de Al-Andalus… Asociación Tetuán-Asmir, Tánger 2002

[iii][iii] Director del Instituto de Estudios Africanos, miembro del Instituto de Estudios Políticos, Abogado del Estado en el Ministerio de Asuntos Exteriores y principal teoricista adminitrativo del Protectorado español en Marruecos.

[iv][iv] Ministerio de Asuntos Exteriores.

[v][v] ver La política y los moriscos en la época de los Austria. Actas del Encuentro. Sevilla la Nueva 1999. Madrid, 2000.

[vi][vi] si bien es cierto que, tiempo después y antes de colaborar activamente en el golpe de Estado francés contra el sultán Muhammad V -es decir durante el primer periodo de la II Guerra Mundial en el que España tuvo veleidades imperiales- estuvo preparado para sublevar a sus tribus en favor de España si ésta invadía el Protectorado francés.

[vii][vii] puede ser que no fuera esta frase sino la de Bismi Al.lahi al-Rahmani al-Rahim, lo que no cambia la intención del artesano que haría este sagrario ad hoc, porque no creo que se trate de una caja aprovechada.

[viii][viii] “La marginalidad de los moriscos, un fenómeno impuesto”

[ix][ix] no porque El Greco fuera morisco, como ya digo en este trabajo, sino tal vez por su conocimiento del medio morisco e incluso por su helenismo oriental, próximo al Islam y conocedor de alguna de sus manifestaciones místicas. De hecho, en donde aparece esa mano izquierda de esa forma, la derecha tiene otra actitud que recuerda la de los danzarines darawiš, derviches turcos.

[x][x] el Dr. Adalberto Alves arabista entusiasta, autor de una extensa bibliografía y promotor de numerosas actividades en torno al Islam portugués, es posiblemente un autorizado conocedor del tema en su variante lusa

                        

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Fontilles 2. En memoria de Josele Muñoz

Fontilles 2. En memoria de Josele Muñoz….

 

Francisco Martinez Dalmases

Sanatorio de Fontilles

Hace unos años llegué a Fontilles a la búsqueda de completar una información para un libro y descubrí que el sanatorio al pie del peñón de Laguart superaba mis expectativas, al tocar el lugar y su historia de algún modo también me convertí en parte de ella. No se puede ver desde la impunidad, ver significa implicarse.

            Conocí el lugar y a algunas de sus gentes. Josele era “diferente”, muchos de ellos vivían hacia dentro, como si el rastro de su enfermedad –antigua enfermedad, pues ya todos ellos estaban curados- fuese algo a compartir en el pequeño círculo de complicidad silenciosa del sanatorio.  Josele era “diferente”, la enfermedad no había sido  estigma, sino camino, transformación. Josele vivía los encuentros con la gente del exterior con alegría, como si la vida le brindase una oportunidad de compartir en ambos sentidos, algo te daba de sí—mismo y estaba también dispuesto a recibir una parte de tu huella, como si la consciencia fuese un mosaico de muchos encuentros.

            Iletrado, con una situación familiar y social a sus espaldas a la que se refería con palabra ingenua y sencilla –habla granadina llena de diminutivos y giros coloquiales- que matizaba los duros rasgos de sinsabores y situaciones durísimas. Josele era “diferente”.

            Comenzamos a intercambiar confidencias y cariño. Josele tenía la alegría al borde de la piel, singular pájaro presto al canto cuando le alcanza un rayo de luz.  Comencé a escribirle –de hecho le enviaba cintas con la narración de cuentos sufís que se unian unos a otros de modo interminable- y de cuando en cuando recibía cartas suyas, cada vez con letra diferente, donde la mano de un cooperante trataba de dar gesto a su gratitud por escuchar historias diferentes y preguntarme cuando nos volveríamos a ver. Alguna vez, entre viaje y viaje, acudí a visitarle. Siempre surgía la alegría, el canto del pájaro que responde a la vida, pues lleva dentro de sí vida y canto.

            Pasaron los años, algunos de los amigos que le acompañaron en el sanatorio quedaron atrás, cada vez pájaro más solitario, senda más angosta, Josele seguía con su alegría y canto…

            Un dia sentí que me faltaba el eco de su respuesta. El padre Beneyto, al otro lado del teléfono tuvo palabras afectuosas: la enfermedad había ganado la partida y las ultimas semanas habían sido difíciles para Josele. Hacia unos días había emprendido viaje…

            La enfermedad como camino, el “espíritu” humano que alcanza su temple en un recóndito lugar, donde en apariencia no discurre la “vida ordinaria”, Josele era “diferente”.

            Muchos de los héroes de la antigüedad dan nombre a constelaciones o lejanas estrellas. En muchas culturas se da el hecho singular: cuando a alguien se le reconocen cualidades que trascienden lo ordinario, que representa el “espiritu”  arquetípico de todo su pueblo o cultura, su nombre se asocia a una estrella, se dice que vino de una estrella, o que desde un remoto lugar en el firmamento vigila la suerte de los suyos. Notable idea sin duda, que aunque no se ha rastreado lo suficiente implica que en algún lugar de nuestra consciencia colectiva creemos venir de las estrellas y que regresaremos a ellas, cuando nuestro “espiritu” haya alcanzado el temple justo. Somos muy sensibles al rasgo heroico y por eso de nombres de héroes clásicos se pobló el cielo astronómico. Pero hay muchos héroes anónimos, seres donde el “espíritu” ha aflorado al abrigo de las miradas, en el silencio de un lugar donde no transita la “vida ordinaria”.

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